El Libro de Job

 

¿Dónde estabas tú?”

Algunas reflexiones sobre el Libro de Job

Por Adi Cangado



Estas últimas seis semanas leímos y estudiamos juntos en nuestra comunidad el libro de Job a través de la lupa de la tradición judía. “Si Dios existe, ¿por qué permite que las buenas personas sufran?”. A muchos nos han hecho esta pregunta, pero no hay respuesta. A veces pienso, ¿acaso cabe tal pregunta? Quizás el error está en la entonación. ¿Por qué hemos asumido la pregunta?

El Libro de Job juega con ella para no llegar a ninguna parte. “No lo sabemos”, insinúa el autor. ¿Por qué es éste el libro menos comentado y estudiado de la Biblia Hebrea? ¿Nos da miedo? Dios rechaza por completo las opiniones de los tres amigos de Job. No importa lo fundamentados que estén sus discursos, desde los profetas a los místicos, no se puede dilucidar la razón última, el sentido profundo, del porqué del sufrimiento. Job es inocente e íntegro, pero ha sufrido. Es un libro que desafía todo pensamiento judío previo y posterior, y su lectura nos conmueve y nos inquieta. Pero también es el más humano: el humano sufrir, el humano protestar, el humano dudar, el humano preguntarse, el humano tratar de entender. Si es un libro de sabiduría, ¿qué pretende enseñar?

La mayor diferencia entre el pensamiento grecorromano y el judío, explicaba el excelente filósofo Hermann Cohen, reside en dónde se sitúa el centro de la discusión ética. Para Atenas el yo está en el eje: la mayor virtud es el amor de mí mismo o filautía, el mayor crimen la muerte de mí mismo (el suicidio). Job defiende su integridad, y clama por la muerte para huir del sufrimiento. Para Jerusalem el otro está en el eje: el valor más elevado es el amor al otro, “otrofilia”, y el mayor crimen la muerte del otro, “otrocidio”. La lectura del libro de Job desde una perspectiva judía nos sitúa necesariamente fuera de Job: Job es nuestro otro. Debemos leer el libro no desde Job sino desde fuera de Job. Puesto que todo gira alrededor de él (Dios, el adversario, la adversidad y la prosperidad, la integridad, sus amigos, incluso Elihú), nosotros también.

En los versículos 42:2-3 Job dice: “Sé que Tú (Dios) puedes hacerlo todo, que nada que propongas es imposible para Ti. / … sin duda hablé sin saber de asuntos que me superan, de los cuales nunca sabré”. Es como decir: “Dios puede hacerlo todo”, pero “Yo (Job) no puedo comprender todo”. ¿Cómo puede Job, el ser humano incapaz de entender todo, afirmar que Dios puede hacerlo todo? En esta yuxtaposición de versos se oculta, entre líneas, la conclusión del libro: “Quizás Tú, Dios, no puedes hacerlo todo”. Pero en ese quizás, dentro de ese quizás, ¿tal vez nosotros, los seres humanos, aún podemos hacer algo? El foco se mueve así de lo Divino a lo humano: de lo que no podemos conocer a lo que sí podemos hacer.

Cuando Dios irrumpe en la narración, la primera frase que dirige a Job concluye con las palabras esh'alejá vehodi'eni “Yo te preguntaré, y tú me harás saber” (v. 38:3). ¿Qué pregunta Dios a Job en primer lugar? Le dice (v. 38:4): “¿Dónde estabas tú cuando fijé los fundamentos de la tierra?”. Efó hayita, “¿dónde estabas?”. Parece que a Dios le gusta hacer esta pregunta al ser humano a través de todas las cosas. Esa fue la primera pregunta de Dios al hombre, la pregunta primigenia que a cada instante nos hace, cada día, a todos nosotros. Si Él formula la pregunta, la respuesta debe hallarse necesariamente en nosotros. Tras comer del fruto del árbol del discernimiento entre el bien y el mal, la primera pareja humana siente vergüenza de su desnudez y se oculta. Huyen de su responsabilidad pero Dios se la reclama: Ayeka “¿dónde estás?” (Gén. 3:9). A Caín tras matar a su hermano, Dios le pregunta, e hével ajija “¿dónde está Abel tu hermano?” (Gén. 4:9), y de nuevo huye de su responsabilidad, hashomer ají anojí “¿acaso soy el guardián de mi hermano?” (ídem). “¿Por qué las buenas personas sufren a veces?”, “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”, … nos escondemos en la pregunta, nos ocultamos entre los signos de interrogación, para huir de la rotundidad del enunciado y eludir nuestra responsabilidad hacia el otro:

  • Las buenas personas sufren a veces” … a lo que Dios nos dice … “¿y tú? ¿dónde estabas?”

  • Soy el guardián de mi hermano” … a lo que Dios nos dice … “¿y dónde está tu hermano?”, “¿y tú? ¿dónde estás?”

La certeza del sufrimiento y del dolor deberían inspirarnos un cometido ético: la respuesta humana a la adversidad es siempre, en el judaísmo, una mitsvá, el asumir un cometido ético hacia mi otro. ¿Dónde estoy cuando mi semejante, que es mi hermano, sufre? Pero también nosotros mismos, en nuestro interior, ¿dónde estamos cuando sufrimos? ¿En qué parte de nosotros mismos nos enfocamos para enfrentar la adversidad? La clave no es metafísica ni sobrehumana, sino sumamente humana: aún podemos hacer cosas (mitsvot) para mitigar el dolor ajeno y para trascender y superar el propio. Curar o calmar al enfermo, ayudar a que se levante el caído, acompañar y dar consuelo al doliente, al que ha perdido, iluminar el mundo para el ciego y allanar el camino para el discapacitado; ayudar a la viuda, al huérfano, al pobre y al extranjero, … ¡a los más débiles! Sembrar generosidad, perseguir la verdad, luchar por la justicia y buscar la paz. Incluso el propio Job, quien lo ha perdido todo y tiene su cuerpo lleno de heridas, intercede en favor de sus amigos y reza por ellos. En hebreo lo resume una sola palabra: jésed, mi deber de bondad y de amor, de empatía y de generosidad sinceras e íntegras hacia cualquier otro. El Rabino Joseph B. Soloveitchik escribió (“Kol Dodí Dofek”, Job 3): El Santo dijo: “¡Job! Es cierto que nunca comprenderás la esencia íntima del porqué, la razón del sufrimiento y su propósito, pero hay una cosa que estás obligado a saber: la base para la reparación del sufrimiento. (…) Como hombre bendecido con un buen corazón, es posible que momentáneamente te hubieses compadecido del huérfano. Tenías grandes cantidades de dinero y no querías nada, por lo tanto, diste una cantidad respetable de “tsedaká”. Sin embargo, la verdadera bondad abarca más que un sentimiento fugaz y un sentimentalismo barato. La verdadera bondad exige más que una lágrima momentánea y una moneda fría. La verdadera bondad significa empatizar con el prójimo, identificarse con su dolor y sentirse responsable de su destino”. El autor quiere que empaticemos con Job, que su dolor sea nuestro dolor, que sepamos reconocer en cada persona que sufre, judía o no (no en vano, Job no era israelita), a Job, y asumir nuestra responsabilidad respecto a ese Job y a su destino.

El libro de Job es como un recordatorio o una llamada de atención. Esh'alejá vehodi'eni “Yo te preguntaré, y tú me harás saber” (Job 38:3). Dios nos busca, nos interpela, nos pregunta. ¿Qué Le haremos saber? Ojalá sepamos, a cada instante, tanto en la dicha como en la adversidad, y ante la continua interpelación divina “¿dónde estás?” que clama en cada doliente y en cada semejante que sufre, responder: Hineni, “Aquí estoy”.

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