Parashat Vayetsé 5781

 

"Un regalo de terreno recién arado"


Comentario a la Parashat Vayetsé

Por Adi Cangado




Me gustaría empezar este comentario con un poema de Walt Whitman que se titula Cuando escuché al astrónomo erudito:

Cuando escuché al astrónomo erudito,
Cuando las pruebas, las cifras, fueron puestas en columnas delante de mí.]
Cuando me enseñaron los mapas y los diagramas, para sumarlos, dividirlos, medirlos,]
Cuando sentado escuché al astrónomo, con gran aplauso en el salón,]
Qué extrañamente rápido me harté,
Hasta que levantándome y deslizándome me alejé solo,
En el aire nocturno, místico y húmedo, y de tiempo en tiempo,
Miré en perfecto silencio las estrellas.

¿Cuándo perdimos la capacidad de asombro, de profunda admiración del universo? Seguramente recordaréis la sensación de humildad que os invadió ante un paisaje sublime mirado por primera vez, o una pieza de música clásica escuchada por primera vez. Tal vez un monumento, ya ojeado en páginas de una guía de viaje, pero que igualmente nos sorprende cuando estamos ante él, cara a cara. De niños la novedad nos maravillaba, pero a medida que nos hacemos mayores y que los sentidos nos traen lugares y objetos familiares, tiempos familiares, seres familiares, llenamos la mente con sus mapas y diagramas, sus pruebas y sus cifras, y los repasamos con la mirada sin maravillarnos, incluso sin percatarnos. Damos por sentada su continuidad, su perpetuidad. A veces incluso dejan de estar ahí y no nos damos cuenta. ¿Cómo se puede mirar de nuevo el cielo, por la noche, y sentir reverencia ante las estrellas? Cada primera vez que nos llenó de reverencia, de asombro, habíamos partido de un lugar llamado yo-no-lo-sabía.

En la porción de esta semana la Torá nos narra qué pasó con Jacob después de huir de la casa de sus padres y de la amenaza de muerte de su hermano. Dice así (Gén. 28:10-13a, 16-17):

Jacob salió de Bersheva y se dirigió a Jarán. Llegó a cierto lugar y se detuvo allí para pasar la noche, porque el sol se había puesto. Tomó de las piedras de ese lugar, las puso debajo de su cabeza y se acostó en ese lugar. Tuvo un sueño: He aquí una escalera suspendida encima del suelo y su cima llega al cielo, y emisarios de Dios suben y bajan por ella, y Dios está de pie junto a ella, y dice: “Yo soy el Eterno, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac; (…)”. Jacob se despertó de su sueño y dijo: “¡Ciertamente Dios está presente en este lugar y yo, yo no lo sabía!”. Asombrado, dijo: “¡Qué maravilloso es este lugar! Esta no es otra que la casa de Dios y esta es la puerta del cielo.”

A lo largo de la historia se han escrito páginas y páginas tratando de explicar qué fue exactamente lo que Jacob soñó o vio, y especular los posibles significados del sueño en sí, pero lo importante aquí no es el sueño (la escalera), no es el misterio, sino todo lo demás.

El lugar. ¿A dónde llegó Jacob? Vayifgá ba-makom “Llegó al lugar” (v. 28:10). Los rabinos interpretan esta llegada como un encuentro, y el “Lugar” como un nombre de Dios. “Encontró a Dios”, podríamos traducir, “y se detuvo allí para pasar la noche”. La noche, ¿es tan importante? La puesta del sol y la llegada de la noche no son aquí lo relevante, sino el giro temporal en la utilización de los verbos. Antes y después del sueño la Torá nos sitúa en el narrador: qué dice el narrador que pasó con Jacob. Los verbos están estrictamente en pasado (en la forma vav-consecutiva del hebreo antiguo): “salió”, “se dirigió”, “llegó”, “se detuvo”, “(el sol) se había puesto”, etc. Sin embargo, durante el sueño, la Torá nos sitúa en Jacob: qué describe Jacob. En el texto citado lo he reflejado en letra cursiva. Los verbos cambian: ya no se usa el pasado sino el participio presente. La escalera está suspendida, su cima llega al cielo, los emisarios suben y bajan, Dios está de pie, etc. El relato no solamente distingue la noche frente al día, sino el pasado frente al presente.

Durante su visión o su sueño, la narración está en presente, incluso el Dios que interpela a Jacob lo hace en presente. Ve-hiné Anojí imaj “Y he aquí que Yo estoy contigo” (v. 28:15), le dice Dios. En el v. 28:16 el texto nos devuelve al narrador y al pasado:

וַיִּיקַץ יַעֲקֹב מִשְּׁנָתוֹ וַיֹּאמֶר אָכֵן יֵשׁ יְיָ בַּמָּקוֹם הַזֶּה וְאָנֹכִי לֹא יָדָעְתִּי׃

Jacob se despertó de su sueño y dijo: “¡Ciertamente Dios está presente en este lugar y yo, yo no lo sabía!”

Dios está presente en “este” lugar: ze (זה), “este”, este “aquí-ahora”. Ve-anojí lo yadati “Y “yo”, yo no lo sabía”. ¿Por qué se repite el “yo”? En hebreo bíblico la frase sigue el patrón verbo-sujeto-objeto. Habría bastado lo yadati para decir “yo no lo sabía”, ¿a qué parte de la frase pertenece este anojí “yo”? En la Torá nunca sobran las palabras.

La posibilidad del encuentro (con el mundo, con el semejante, con Dios) empieza en el instante en el que hacemos lugar dentro de nosotros mismos. Hay un descubrimiento de la relación (de Jacob con Dios), al contraerse, encogerse, el yo en Jacob haciéndose en su mente un lugar en el que la experiencia que acontece ante él pueda entrar. Remover las pruebas, las cifras, los mapas y los diagramas, toda concepción previa, para salir fuera, como si fuera la primera vez, de uno mismo y poder admirar las estrellas. Al hacerse más pequeño su yo, al ser negado (al hacerse desconocido para sí mismo como si fuese terreno recién arado), el asombro le invade. Puede maravillarse, sentir reverencia, incluso terror, al haber re-desconocido parte de su "yo". “¡Ciertamente Dios está presente en este lugar, y (el) "yo" yo no sabía!”. Asombrado, dijo: “¡Qué maravilloso es este lugar! Esta no es otra que la casa de Dios y esta es la puerta del cielo.” (v. 28:16-17). Pues al hacer lugar dentro de sí, hace posible la relación con el otro (en este caso, Dios): el otro puede residir en él como si fuese una casa, el otro puede hallar una puerta en él que posibilita la relación y el encuentro, a través de la cual Dios entra en él y él puede admirar el cielo. El lugar más sagrado del mundo es el terreno recién arado que queda dentro de nosotros mismos cuando retiramos nuestro “yo” para dejar entrar al semejante. Todo encuentro, toda relación, implica renuncia: esa es la ofrenda, el sacrificio, más bello de todos, la renuncia para dejar lugar al semejante que tenemos al lado. Curiosamente, después del relato del sueño de la escalera, Jacob promete a Dios la separación del diezmo (v. 28:22), que simboliza la renuncia, la retirada de uno mismo. La Torá, para describir el encuentro, no puede sino usar el presente: ze (זה) “este” es la actualidad vivencial de la presencia que ha entrado en él.

Es fundamental reconquistar la capacidad de asombro, de profunda admiración, de humildad, de exclamar, como Jacob, “¡Qué maravilloso es este lugar!”. A esta capacidad se la llama en hebreo yirá, “reverencia” o “temor”. Pero para ello debemos apartar la hipótesis de continuidad, la sensación de familiaridad, y regresar a aquel lugar, en el que estuvimos tantas veces de niños, llamado yo-no-lo-sabía. Esa reverencia, ese asombro, nos hará agradecer más a menudo, y expresar nuestras emociones y sentimientos más a menudo, y también aceptar la adversidad sin ira. Será como dejar en barbecho el terreno, para arar de nuevo: preparar la tierra que llevamos dentro para que resida el semejante hacia quien he asumido mi cometido ético. Como dice el Profeta (Hoshea 10:12):

זִרְעוּ לָכֶם לִצְדָקָה קִצְרוּ לְפִי־חֶסֶד נִירוּ לָכֶם נִיר וְעֵת לִדְרוֹשׁ אֶת־יְיָ עַד־יָבוֹא וְיֹרֶה צֶדֶק לָכֶם׃

Sembrad para vosotros generosidad, recoged los frutos de la bondad, partid terreno fresco y tiempo para buscar a Dios, y os llegará y os lloverá justicia.”

El dónde, la escalera, los ángeles, el subir y el bajar, el sueño y la noche, carecían de importancia, y yo, yo no lo sabía.

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