Parashat Bereshit 5781

Mucho más allá de la naturaleza”

Comentario a la Parashat Bereshit

Por Adi Cangado



Antes de concluir la lectura de la Torá, leemos que el pueblo de Israel está a punto de entrar en la tierra prometida. Tras muchos años en el desierto, están a unos pasos, tan cerca, faltando pocos días para cruzar el río Jordán. Pero en lugar de continuar con el relato en el libro de Josué, la tradición nos pide que volvamos a empezar en el principio, “y la tierra era caos y desolación, y una oscuridad cubría la superficie de las profundidades” (Gén. 1:2). Tenían planes, estaban a punto de llegar, y de repente todo es caos y desolación, todo es oscuridad. Así se ha sentido mucha gente en fechas recientes. Esta transición nos habla sobre nuestra fragilidad, y también sobre la crueldad que, a veces, nos revela la naturaleza.

Este sábado leemos en la Parashat Bereshit, el origen de la naturaleza, que cuando Dios concluye la obra de la creación, y ve todo lo que ha creado, he aquí que era tov meod, “muy bueno” (v. 1:31), pero sabemos que el universo no siempre es amable. Para el judaísmo, la naturaleza no es suficiente. La ciencia se ocupa de su estudio y nos ayuda a discernir lo que es de lo que no es, pero no enseña qué es mejor ni nos inspira a luchar por lo mejor. La ciencia no es suficiente. Por eso la Torá no es un libro de ciencia. ¿Cuántas aves surcaban los cielos? ¿De cuántas especies eran los peces? ¿Cuál era el trazado de las fronteras entre la tierra seca y los mares? Los seres humanos, ¿qué edad, altura, peso, sexo tenían? No detalla estadísticas ni cantidades. ¿Cómo nos narra entonces la Torá los orígenes de la humanidad? Mediante las experiencias e historias de un hombre y una mujer, después de una pareja humana, y finalmente de una familia: sus nombres, sus errores, sus emociones, y cómo se relacionan entre sí. La observación de la naturaleza puede inspirar amor, bondad, justicia, pero también destrucción y crimen. Para el “dios” de la ciencia, todo es tov meod “muy bueno”, porque todo está al mismo nivel: todo es equivalente en su esencia, no hay mejor ni peor, sino solamente la fría existencia empírica de lo probado.

Mientras estudiaba esta mañana el Tanaj, me di cuenta de que el Salmo 33 contiene también un relato de la creación. Dice el Salmista (Salm. 33:4-9):

Pues la palabra de Dios es recta, toda obra Suya hizo con fidelidad. Él ama la justicia y la rectitud, la tierra está llena de la bondad de Dios. Mediante la palabra de Dios surgieron los cielos, por el hálito de Su boca todas Sus huestes. Él junta las aguas del océano como un montículo, almacena las profundidades en bóvedas. Que toda la tierra tema a Dios, y todos los habitantes del mundo. Pues Él habló y entonces fue; Él ordenó y así ha perdurado.”

En este relato de la creación la fe (emuná), el amor (ahavá), la justicia (tsedaká), la rectitud (mishpat) y la bondad (jésed) se citan antes que los cielos y la tierra, que las galaxias y los mares. El Dios del judaísmo espera que aprendamos lecciones de la naturaleza, pero también de la historia: nos inspira una conducta ética y a luchar para que lo mejor en la vida no quede bajo la tiranía de lo que menos importa, siendo esta última la esencia de la religión.

Para enseñarnos que la ética y la espiritualidad sirven para completar al ser humano, y como parapeto de la ciencia, la Torá nos desafía a través de la figura de Caín. Caín mata a su hermano, pero Dios se apiada de él.

¿Por qué Caín mata a su hermano? Al igual que su padre, Caín es oved adamá “un labrador de la tierra” (Gén. 4:2), una tierra maldecida por causa de los hombres. Con su fuerza bruta comerá de ella todos los días de su vida (v. 3:17). Es una tierra dura, hostil, en la que crecen sin parar espinos y cardos (v. 3:18), que Caín retira para que al día siguiente broten otra vez. El pan que come es el fruto del sudor de su frente (v. 3.19). En Caín se materializa la tragedia de lo humano, y no por culpa suya arrastra tal carga, sino por culpa de sus padres. ¿Qué le puede inspirar la naturaleza a Caín sino sudor, dolor, hastío? También soledad y frustración. A diferencia de Caín, Abel es roé tson “cuidador de ovejas” (v. 4:2). La oveja es amable y mansa; a diferencia de su hermano mayor, Abel tiene la compañía de su rebaño. No lucha con los espinos y los cardos de la tierra, sino que ve nacer a las crías, y a las madres amamantándolas, y las observa mientras comen y beben, y las ve crecer y morir. La misma naturaleza, la misma creación, se revela cruel para Caín y afable para Abel; el mismo Dios acepta la ofrenda del menor y rechaza la del mayor, que se deprime y anda con la cabeza agachada (v. 4:6). El ser humano es a imagen y semejanza de su mundo: el paso de los años puede reafirmar en algunos la imagen divina y la esencia misma de la humanidad, mientras en otros la hostilidad y la adversidad pueden apagar la misma chispa lentamente.

Dios habla a Caín, pero él no sabe contestar. La rudeza del joven incluso le incapacita para hablar (v. 4:8). No sabe interactuar con su más semejante, su hermano, a quien finalmente mata. Cuando Dios le pregunta dónde está Abel (v. 4:9), Caín le dice lo yadati “no lo sé”, ha-shomer ají anojí “¿acaso soy el guardián de mi hermano?”. Esta familia sabía que era mortal, pero quizás nunca imaginaron de qué manera la vida les enfrentaría a la mortalidad: el asesinato de un hermano, la pérdida de un hijo a manos del otro, un homicidio, causar la muerte de un semejante, el crimen más grave, la atrocidad más grande. “Aunque labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; te convertirás en un vagabundo sin descanso en la tierra” (v. 4:12), le dice Dios. Caín le responde: “Mi pecado es demasiado grande para soportar. Ya que me has desterrado hoy de la tierra, y debo evitar Tu presencia y convertirme en un vagabundo sin descanso en la tierra, ¡cualquiera que me encuentre me matará!” (v. 4:13-14).

Caín teme a la naturaleza. Cualquiera que me encuentre, pájaros, peces, bestias del campo, hombres, mujeres, árboles, … querrá matarme. Pero Dios se apiada de Caín. ¿De qué manera? “Puso Dios para Caín una señal, no sea que cualquiera que lo encuentre lo mate” (v. 4:15). Una señal, ot en hebreo. ¿Qué clase de señal? El Rambán (Rabí Moshé ben Najmán, llamado Najmánides, Gerona 1194-Acre 1270) indica en su comentario que según el Midrash (Rabí Abba, en Bereshit Rabá 22:12) esa señal era … ¡un perro! Un perro que caminase delante de él, que le guardase como si fuese un hermano, como él tendría que haber guardado al suyo; un perro para guiarlo, y de quien aprender a redescubrir su humanidad, y el cariño, y el calor, y la tranquilidad. Esta criatura de la naturaleza será una ayuda para él, y a través de sus ojillos negros a Caín se revelará todo lo bueno que su vida anterior no le dejaba ver. Siendo amado, empezará a amar. Siendo cuidado, sabrá también cuidar. Teniendo a un amigo, aprenderá a tener más.

La Torá nos desafía a través de Caín, y nos pide que intentemos comprender a los demás. Pues en su faceta más cruel, la naturaleza nos inspiraría violencia. La Torá nos pide ir más allá de la naturaleza, y escuchar la voz divina y recorrer el camino que Dios inspira: de justicia y rectitud, pero también de amor y bondad.

La naturaleza no es suficiente, ni tampoco la ciencia. La humanidad necesita saber, conocer, pero también conocerse, cada ser humano a sí mismo y también conocer y comprender a su semejante, y amar, y luchar por la justicia, y bondad. Recibir bondad y recibir amor para aprender a darlos a los demás. Necesita algo más que la tierra maldecida de los espinos y los cardos, algo más que el trabajo sin descanso y el sudor de la frente. Resulta preocupante que en la actualidad se reclame por encima de todo que nos guíe la ciencia, cuando si bien es útil y necesaria, tanto o más que ella lo son la ética y la religión, pues sin estas últimas el ser humano desconocería valores.

Al principio de la película “El Árbol de la Vida” (2011), de Terrence Malick, la madre de Jack, el protagonista, pronuncia estas palabras que creo que lo resumen muy bien:

“Las monjas nos enseñaron que hay dos caminos que puedes seguir en la vida: el de la naturaleza y el de lo divino. Debes elegir cuál vas a seguir. Lo divino no intenta agradarse a sí mismo. Acepta ser desairado, olvidado, no agrada. Acepta los insultos y las heridas. La naturaleza, en cambio, sólo busca agradarse a sí misma, y conseguir que otros la agraden. Le gusta dárselas de gran señora, salirse con la suya. Encuentra razones para ser infeliz, incluso cuando todo el mundo que la rodea resplandece, y el amor sonríe a través de todas las cosas. Nos enseñaron que nadie que amara el camino de lo divino acabaría mal. Yo Te seré fiel, pase lo que pase.”

A cada paso debemos elegir cuál de estos dos caminos vamos a seguir. El camino de lo divino no es fácil, pero en cada uno de nosotros, en lo más profundo, hay encerrado un faro cuya luz nos señala hacia dónde ir, sin importar los espinos y cardos que cada adversidad, que cada error, que cada mal día, plantaron ocultando su brillo.

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