Parashat Ki Tavó 2020

 A la miel y al aguijón”


Comentario a la Parashat Ki Tavó

Por Adi Cangado



La semana pasada leíamos la Parashat Ki Tetsé, “cuando salgas”. Esta semana leemos la Parashat Ki Tavó, “cuando vengas” (Deut. 26:1-29:8). Se trata de una porción llena de contrastes. En el servicio tradicional de una mañana de Shabat, siete personas suben a leer la Torá. Los llamamos olim “los que suben”. La porción queda así dividida en siete aliyot, “subidas”, y un maftir “el que concluye”, a quien se reservan los últimos versículos y que leerá también la Haftará, la porción de los libros de los Profetas que acompaña a cada Parashá. El primer lector o la primera lectora tienen fortuna, pues pronunciarán estas palabras (Deut. 26:1-11):

"Cuando vengas a la tierra que el Eterno tu Dios te da como herencia, ocupándola y poblándola, tomarás la primicia de todo fruto del suelo producido por tu tierra que el Eterno tu Dios te da. Debes ponerlo en un canasto, e ir al lugar que el Eterno tu Dios elegirá para estar presente allí Su Nombre. Vendrás ante el sacerdote que oficie en esos días, y le dirás: “Hoy estoy narrando al Eterno tu Dios que llegué a la tierra que prometió el Eterno a nuestros padres que nos daría”. Entonces el sacerdote tomará el canasto de tu mano y lo pondrá delante del altar del Eterno tu Dios. Responderás y dirás ante el Eterno tu Dios: “Un arameo sin hogar era mi padre. Descendió a Egipto y residió allí siendo pocos en número, mas fue allí donde se convirtió en un pueblo grande, fuerte y populoso. Los egipcios fueron crueles con nosotros, haciéndonos sufrir e imponiéndonos duros trabajos. Clamamos al Eterno, Dios de nuestros antepasados, y el Eterno escuchó nuestra voz, viendo nuestro sufrimiento, nuestra dura labor y nuestra angustia. Entonces el Eterno nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con grandes visiones y con señales y milagros, y nos trajo a este lugar, dándonos esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Y ahora aquí traigo el primer fruto de la tierra que el Eterno me ha dado”. Con eso, pondrás el canasto delante del Eterno tu Dios, y te inclinarás ante el Eterno tu Dios. Te alegrarás por todo lo bueno que el Eterno tu Dios te ha dado, a ti y a los tuyos, tú, y el levita, y el extranjero en medio de ti."

Quien traía las primicias, hacía un repaso de su historia personal y colectiva. Llega con su canasto de frutos y productos de la tierra y recuerda de manera solemne todo el camino, su memoria, desde sus orígenes humildes al instante de su vida en el que está. Recuerda que hubo duro trabajo, esclavitud y sufrimiento: sabe quién es y conoce cada paso dado. ¿Qué lleva su canasto? Ni lo más sabroso, ni lo que más le gusta, ni lo de más valor, sino todo fruto del suelo, dando gracias por lo bueno, y alegrándose por todo lo bueno. Ve-samajtá ve-jol ha-tov asher natán lejá Adonai Eloheja “te alegrarás por todo lo bueno que el Eterno tu Dios te ha dado” (v. 26:11).

¡Qué importante es la alegría! Tendemos a confundir erróneamente la alegría con la frivolidad o la ligereza, o con la risa, incluso con la felicidad. ¿Qué es simjá “alegría”? Cuando avanzamos en la lectura de esta semana nos encontramos con las bendiciones y las maldiciones pronunciadas respectivamente desde el Monte Guerizim y el Monte Eval. Las dos colinas están muy cerca, y tan importante es cumplir los preceptos como hacia dónde dirigimos la mirada teniéndolas a las dos enfrente. La manera en que miramos el mundo lo determina todo. El sexto lector de esta semana tiene la dura tarea de cantar los versículos que contienen las peores de las maldiciones (v. 28:7-69), así como enfrentarse a la parte más extensa de las siete aliyot. Antiguamente en Marruecos nadie quería leer esta parte. La costumbre extendida en las sinagogas sefardíes es subastar las aliyot, pero muchas comunidades tenían que pagar para que alguien subiera a leer ésta, ¿os imagináis? No es fácil recordar a la gente que a veces la vida también conlleva desgracia, confusión, frustración, destrucción. La lista continúa: enfermedad, exterminio, fiebre, delirio, parálisis, guerra, cielos duros y secos como el cobre encima de ti y tierra como hierro debajo; lluvia de polvo y de tierra, abandono, tumores incurables, llagas, demencia, ceguera, horror, burla, sequía. La Torá llega a decir: Ve-hayita meshugá mi-maré eneja asher tiré “Te volverás loco por lo que tendrán que ver tus ojos” (v. 28:34). “Y tu vida se debatirá en permanente incertidumbre, y tendrás miedo de noche y de día, y no estarás seguro en ningún momento” (v. 28:66). ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo debemos entender esta parte de la lectura? ¿Por qué leer en la misma semana la escena casi bucólica de las primicias y la lista de las maldiciones?

Unos versículos después del relato de las primicias de la tierra aparece la siguiente frase: shamati be-kol Adonai Elohai asiti ke-jol asher tsivitani “escuché la voz de mi Dios, e hice todo lo que Él me ha inspirado” (v. 26:14). Antes de las maldiciones, la Torá dice así: Ve-hayá im lo tishmá be-kol Adonai Eloheja lishmor laasot et kol mitsvotav “Ocurrirá si no escuchas la voz de tu Dios, para guardar y cumplir todos Sus preceptos” (v. 28:15). Cuando no escuchas la voz que te inspira y te interpela a guardar y cumplir con el precepto de la simjá, “alegría”, solamente verás horrores. Cuando concluye la lista de desgracias aparece de repente la palabra tájat, “debajo de”. ¿Cuál es el sustrato de tanta desgracia, de tanta desolación? ¿Qué voz dejamos de escuchar? ¿Qué hay bajo la montaña de horrores que la Torá detalla? Tájat asher lo avadta et Adonai Eloheja be-simjá u-v-tuv levav me-rov kol “A consecuencia de que no quisiste servir a tu Dios con alegría y corazón bondadoso cuando tenías abundancia de todo” (v. 28:47).

Mirando el canasto lleno de productos de la tierra, “te alegrarás por todo lo bueno que el Eterno tu Dios te ha dado” (v. 26:11). Y así hace. “Escuché la voz de mi Dios, e hice todo lo que Él me ha inspirado” (v. 26:14). Mira su canasto con alegría, no importa lo que contiene. La alegría es una filosofía de vida. Ivdú et Adonai be-simjá “Servid al Eterno con alegría” (Salm. 100:2). La alegría no es ciega, no aparta la mirada ante la enfermedad, la confusión, la preocupación, el miedo o el dolor. La alegría sabe dejar su hora al llanto, al sufrimiento, pero alumbra y reunifica el significado y la totalidad de la existencia, y nos llama siempre a ver el vaso medio lleno; teniendo enfrente ambas colinas elige la mirada del agradecimiento por cada bendición, con una sonrisa en el corazón, semblante tranquilo y bondad hacia el semejante. Da las gracias por lo bueno y hace más llevadero lo malo que nos pueda acontecer. Porque si pierdes la alegría ante la vida, “te volverás loco por lo que tendrán que ver tus ojos” (v. 28:34). Tal y como canta Naomi Shemer en la famosa “Al kol ele” (“Por todo esto”):

Al ha-dvash ve-al ha-ókets,

al ha-mar ve-ha matok …

shemor Elí ha-Tov.

"A la miel y al aguijón,

a lo amargo y a lo dulce …

cuídamelos mi buen Dios."

La vida no nos sitúa en ninguna de las montañas, ni en el Monte Guerizim ni en el Monte Eval, sino en el valle, y desde ahí la calidad de nuestros días dependerá de hacia dónde dirijamos la mirada y con qué medida de alegría. Cuando te alegres por todo lo bueno, “bendito serás cuando vengas y bendito serás cuando salgas” (v. 28:6).

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