Nitsavim - Vaiélej 2020

¿Quién está escuchando?”

Por Adi Cangado


A medida que se acerca el final del libro de Deuteronomio, la Mishné Torá o “repetición de la Torá”, el mensaje de Moisés al pueblo crece en intensidad. Pero, ¿quién está escuchando? Al repetir en voz alta el texto, ¿ante qué audiencia se está pronunciando? Esta semana leemos juntas las porciones “Nitsavim” (v. 29:9-30:20) y “Vaiélej” (cap. 31), y escuchamos estas palabras:

Vosotros estáis presentes hoy todos juntos ante el Eterno vuestro Dios, también el que corta leña y el que extrae agua de los pozos. Pero no solamente estáis aquí vosotros, y no solamente es con vosotros que se establece este pacto, este cometido, sino que con quien está presente aquí con nosotros hoy y también con los que no están aquí con nosotros hoy.” (basado en Deut. 29:9-14)

Tras escuchar de su boca estas palabras, en voz alta, Julda, en su escuela de Jerusalem, se queda paralizada observando la luz que entra por las ventanas, mientras el rollo se escurre en su falda. A Ezra, algunos siglos después, en su casa en Babilonia rodeado de legajos y manuscritos incontables, le asalta la duda mientras los copia.

Quién está escuchando es muy importante. La audiencia en la que pensamos en primer lugar es la joven generación a la que Moisés habla antes de que entren en la tierra prometida. Aquí hallamos profecía, anticipación. En segundo lugar también, mientras leemos en la actualidad, el texto nos interpela a nosotros mismos. Pero existen dos audiencias más que debemos tener en cuenta tratándose del libro de Deuteronomio. La mayoría de historiadores coinciden en afirmar que esta “repetición de la Torá” se corresponde con el rollo de la ley hallado en el siglo VII a.e.c. durante el reinado de Yoshiahu.

En aquella época el sumo sacerdote era Jilkiahu. Un día, mientras comenta asuntos cotidianos con Shafán, el escriba, le dice: séfer ha-Torá matsati be-vet Adonai “he encontrado un rollo de la Torá en la casa de Dios” (II Reyes 22:8). Le da el rollo que ha encontrado y el escriba lo lee en voz alta. Podemos imaginar al sumo sacerdote pensativo, mientras enreda los dedos en la barba. Dado que Jilkiahu no se altera demasiado, tampoco el escriba le da importancia al asunto. Acude junto al rey Yoshiahu y le comunica los asuntos tratados con el sumo sacerdote, añadiendo casi como anécdota: séfer natan li Jilkiyá ha-kohén “un rollo me dio Jilkiahu el sacerdote” (v. 22:10). Al escuchar la escritura en boca de Shafán, el rey rasga sus vestiduras. Los preceptos que el rollo citaba, las maldiciones que conllevaba el haberlos abandonado, debieron asustar mucho al rey, que pide a su corte que investigue el asunto. El rollo hallado en el Templo, ¿es de origen divino? ¿Debemos cumplirlo, nosotros (pensaría el rey) que no estábamos allí entonces (con Moisés)? Les dice: lejú dirshú et Adonai al divré ha-séfer ha-nimtsá ha-zé “¡Marchaos! ¡Preguntad a Dios sobre las palabras de este rollo encontrado!”, porque lo shameú avotenu al divré ha-séfer ha-zé la-asot ke-jol ha-katuv alenu “no escucharon nuestros padres las palabras de este rollo para cumplir con todo lo que está escrito sobre nosotros” (v. 22:13). No alav, “sobre él”, el rollo, sino alenu “sobre nosotros”. ¿A quién acuden? No a Jeremías, el profeta más célebre de la época, sino a una mujer: Julda. Ella era neviá una “profetisa” (v. 22:14) y también maestra. Residía en Mishné (el lugar en donde se repite la enseñanza), en Jerusalem, lugar que el Targum Yonatán traduce al arameo como be-vet ulfaná “en una escuela”. Tras escuchar de su boca las palabras de aquel rollo, en voz alta, Julda se queda paralizada observando la luz que entra por las ventanas, y se da cuenta. ¿Cuáles son sus primeras palabras? Ko amar Adonai Elohé Yisrael “Así dijo el Eterno, Dios de Israel” (v. 22:15).

Julda queda paralizada al escuchar de su boca que el soborno ciega los ojos de los sabios y distorsiona la palabra de los justos, que debemos ser íntegros, que no será derramada sangre inocente en tu tierra; que antes de empezar una guerra, debe primero ofrecerse la paz; que no deteriorarás la vegetación, ni torcerás el derecho del primogénito en el caso de ser hijo de la esposa a la que has dejado de amar en favor del hijo de la más amada. Si el esclavo huye de su amo para salvarse, acógelo, en el lugar que él prefiera, donde se sienta seguro y cómodo. ¡No lo oprimas! Cuando un hombre te debe algo, no entres en su casa; fuera esperarás a que te pague la deuda. Podemos imaginar sus ojos, abiertos como platos, mientras pronuncia cada palabra. ¿Cómo habría sido para ella escuchar, por primera vez, la “Shemá”? Julda, una mujer, valida el rollo hallado en el Templo como revelación divina. Quizás lo habría añadido a los textos que enseñaba a sus alumnos en la escuela. Yoshiahu, el rey, aterrado ante el posible castigo divino, emprende reformas políticas y religiosas, e incluso se vuelve a celebrar Pésaj (que según el Tanaj no se festejaba desde la época del profeta Samuel, 2 Crón. 35:18). Aquí encontramos otra audiencia: la generación que, a pesar de los preceptos que aquel rollo contenía, verían la destrucción de Jerusalem en el año 586 a.e.c. a manos de los babilonios. Anticipación, historia. A los supervivientes y a los refugiados, cada maldición leída se les parecería mucho a cada maldición vivida. Testimonio, memoria. Porque si olvidabas, serías apartado de la tierra prometida.

A medida que se acercaba el final del exilio, en Babilonia, el texto de Deuteronomio debió de impactar también a quienes retornarían. El exilio había durado poco más de cuarenta años, como los años que los israelitas deambularon por el desierto antes de los discursos de Moisés que el rollo contiene. Anticipación, presente, memoria. El mensaje a la generación del desierto habría interpelado de manera muy intensa a los retornados. ¿Qué camino seguir para no repetir los errores de sus padres? Ezra, el escriba, estaba entre ellos.

En su casa de Babilonia, rodeado de legajos y manuscritos incontables, Ezra está copiando y editando la Torá cuando de repente llega a este versículo (Deut. 29:28):

"Las cosas ocultas son para Dios y las cosas reveladas para nosotros y para nuestros hijos hasta siempre, para cumplir todas las palabras de esta Torá."

En nuestros textos de la Torá, encima de las palabras lanu u-l-vanenu “para nosotros y para nuestros hijos” encontramos unos puntitos. El Midrash (Avot de Rabí Natán 34:5) nos dice que los diez puntos sobre estas letras fueron idea de Ezra. ¿Por qué los añade? “Si el Profeta Elías llega y me pregunta por qué lo he copiado de esta manera, le diré que he puesto los puntitos porque no estaba seguro de si lo escrito era correcto”, pensó Ezra. “Si él me dice que lo escribí correctamente, retiraré los puntitos”. Pero los puntitos siguen en nuestra Torá. Quizás el escriba no llegó a encontrarse con Elías, o quizás el texto alberga aún la duda. Existen muchas interpretaciones para estas marcas en el texto, pero la duda de Ezra es para mí mucho más valiosa. Quizás lo que a una generación, incluso a una persona, se oculta, a otra se presenta; lo que a una se revela, a otra se oculta. “Para nosotros y para nuestros hijos”, o como leíamos más arriba, “también con los que no están aquí con nosotros hoy” (v. 29:14). Quizás no sea así, y tal vez porque no es así pensamos y repensamos nuevamente la letra escrita.

¿Quién está escuchando? Porque la Torá que Dios nos inspira hoy no está velada u oculta para nosotros, ni está lejos de nuestra comprensión (v. 30:11). La letra escrita está ahí, delante de la vista. El asunto está muy cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón, para cumplirlo (v. 30:14). En nuestra boca, para que leamos en voz alta los versos y traigamos el mensaje a nuestras palabras. En nuestro corazón, para que escuchemos atentamente siendo quienes somos y según nuestra conciencia. Todo tu pueblo y toda su historia escucha en ti cuando tú escuchas. Toda tu generación escucha en ti cuando tú escuchas. Toda tu vida escucha en ti cuando tú escuchas. Pero el tú que está escuchando hoy y el tú que escuchó ayer y el tú que quizás escuche de nuevo mañana, no son la misma persona. La letra escrita no cambia: el rollo de Torá tiene siempre las mismas letras. La pregunta decisiva siempre es: ¿qué estás escuchando? Ahora, ¿qué pide Dios de ti? La letra escrita está presente, enfrente de la vista, para leer en voz alta, pero también para ser leídos por ella. Lo que ayer era nistar, “velado” u “oculto”, aquello que se escurre a tu comprensión, mañana puede ser niglá, “revelado” y “evidente”; pero también al revés el texto una vez entendido puede arroparse a nuestros ojos, cubrirse a nuestro corazón, un día cualquiera. Así ocurre con el pueblo a lo largo de su historia, y en cada generación lo evidente y lo incomprensible varía sin remedio, no porque el texto cambie sino porque nosotros cambiamos. La lectura de la Torá es coral: el rollo nos entrega las consonantes, pero cada vocal, cada nota musical, cada punto o coma, habitan únicamente en el lector. Cada uno de quienes escuchan atentamente, reescriben las palabras. El pueblo teje así un tapiz de conversaciones colectivas que se insertan en la historia. El grosor, la textura, el color de cada hebra del tapiz, sufren una metamorfosis continua.

Las palabras del rey Yoshiahu revelan así su significado: lo shameú avotenu al divré ha-séfer ha-zé la-asot ke-jol ha-katuv alenu “no escucharon nuestros padres las palabras de este rollo para cumplir con todo lo que está escrito sobre nosotros” (II Reyes 22:13). No alav, “sobre él”, el rollo, ni alehem, “sobre ellos”, nuestros padres, sino alenu “sobre nosotros”. ¿Qué escuchamos nosotros? ¿Qué escucha nuestro corazón de nuestra boca? ¿Qué está escrito lanu “para nosotros”? ¿Qué está escrito alenu “sobre nosotros”? Esas palabras, esas enseñanzas, que repetiremos a nuestros descendientes, ¿les servirán? Ezra nos diría: “Quizás”.

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