Parashat Vaetjanán 2020

"Dando vueltas y vueltas"

Por Adi Cangado


Era necesario volver a escribir. Ocurre algo mágico con la escritura, y es que atesora la voz y deja en el mundo una imagen visual de los sonidos. El salmista llega a la amplia llanura, a la amplia y clara pradera mirando al frente a la cordillera, la brisa cálida agitando y dorando la hierba alta. “Alzaré mis ojos hacia las montañas, ¿de dónde viene mi ayuda?”, se pregunta. Creo que este versículo (Salm. 121:1) le sienta bien a Moisés. ¡Sí que le suceden cosas a Moisés en las montañas!

Esta semana continuamos la lectura del libro de Deuteronomio. Moisés habla a la segunda generación tras la salida de Egipto, a la joven generación que sí cruzará el Jordán para habitar la tierra de la promesa. La Parashat Vaetjanán (Deut. 3:23-7:11) es un excelente resumen de toda la Torá. En ella están nuestros versos más amados, como la Shemá (6:4-9), la repetición de los diez mandamientos (5:6-18), un pedacito de la oración Alenu (4:39), el precepto de nunca olvidar que esclavos fuimos en la tierra de Egipto (6:12), el de contar a las siguientes generaciones la salida de la esclavitud en el séder de Pésaj (6:20-21), el de hacer no solamente lo correcto sino también lo bueno (ve-asita ha-yashar ve-ha-tov, en el versículo 6:18), etc. Si alguien nos pregunta qué es una mezuzá, o los tefilín, tendríamos que remitirle a esta porción semanal. Incluso si nos preguntan por qué estas semanas hemos estado como un pelín más bajos de ánimo, en reflexión o en duelo, ¡podríamos explicarlo con estos capítulos!

Tierra y cometido están unidos en la experiencia judía: la tierra de la promesa a los antepasados, la tierra de Israel, y la promesa de la tierra de la promesa, texto viviente de cometidos y preceptos, la Torá. Si tú, pueblo, guardas la Torá para cumplirla, podrás habitar el suelo que pises. Si no, correrás la misma suerte que otros antes que tú. A esta joven generación a la que Moisés está hablando le entregarán ambas: la Torá, a través de Moisés, y la tierra de Israel, a través de Josué. El primero impartirá (in partire, “dividir hacia dentro”) la enseñanza; el segundo repartirá (re partire, “dividir otra vez”) la tierra. Pero muchos años después, el pueblo fue exiliado. Los profetas lo habían advertido. Si tú, pueblo, olvidas la Torá y no la cumples, serás apartado de esta tierra.

Tierra y cometido tienen naturalezas distintas. La tierra es un lugar en el mapa, delimitado con fronteras y paisajes. Es palpable, material. Todo lo que está delimitado, está también cargado de particularidad. No así el cometido. Cuentan los sabios que cuando Dios pronunció la primera palabra de los diez mandamientos, Anojí “Yo”, la naturaleza, paralizada, guardó silencio. Más allá incluso, nos cuentan que aquel Anojí “Yo” se escuchó en todas las lenguas de los hombres. La presentación divina, corazón de la Torá, desafía así la temporalidad y la linealidad del lenguaje: es una alocución sin límite, no delimitada. Si la tierra de Israel está cargada de particularidad (allí me temo que no cabemos todos), la Torá alberga un mensaje universal.

En los primeros versículos de esta semana, Moisés le pide a Dios que le deje cruzar el Jordán para ver la tierra él también. “Déjame cruzar, por favor, y veré la buena tierra que está más allá del Jordán” (3:25). Dios le contesta: “Sube a la cima del Pisgá y alza tus ojos hacia el mar, y hacia el norte, y hacia el sur, y hacia el este, y ve con tus ojos que no cruzarás este Jordán” (3:27). La petición de Moisés es fácil de entender, pero la respuesta divina es chocante. Situados en la orilla oriental del Jordán, ¿por qué mirar hacia atrás, hacia el este? Hacia el mar, hacia el norte y hacia el sur puede verse la tierra de Israel, ¿y hacia el este? Hacia el este, Moisés verá al pueblo, la joven generación de la que él ya no es parte, y se dará cuenta y reconocerá la verdad en su corazón: su generación deambuló por el desierto, como él. Por más que alce la mirada, por más que escudriñe y de vueltas y vueltas al paisaje, Moisés no encuentra para él porción en la tierra. No cruzará “este” Jordán. Pero hace mucho que él cruzó “otro” Jordán.

Pienso en Moisés buscando en todas las direcciones, en busca de un lugar que no le espera, y pienso en los jóvenes, hombres, mujeres y niños, al pie de la montaña, mirando a Moisés. Cualquiera que estuviese al norte, al sur, al este o al oeste, vería a Moisés en la cima del Pisgá. Esta imagen me atrapó esta semana cuando llegué al versículo 4:44, donde empieza el segundo discurso de Moisés: ve-zot ha-Torá asher sam Moshé lifné bené Yisrael “y esta es la Torá que puso Moisés ante los hijos de Israel”. En la actualidad, cuando se lee la Torá en la sinagoga, alzamos el rollo de Torá, visibles tres columnas del texto, en las cuatro direcciones, a la derecha, a la izquierda, al frente, hacia atrás, para que los hombres y las mujeres vean “las voces de las palabras” como el pueblo al pie del Sinaí. En el Tratado Soferim (de los escribas) ya se menciona esta costumbre. Se desenrolla la Torá para hacer visibles tres columnas de texto y se alza: a la derecha, a la izquierda, al frente y atrás, pues es una mitsvá que todos los hombres y mujeres vean la escritura y digan, “Esta es la Torá que puso Moisés ante los hijos de Israel” (Soferim 14:14).

Pues incluso quien no tiene porción en la tierra, tiene porción en la Torá. Esta semana leeremos el libro de Lamentaciones en Tishá Be-av. Su autor, superviviente de la destrucción de Jerusalem en el año 586 a.e.c. a manos de los babilonios, apartado de su tierra, desolada su ciudad, dice: “Esta (zot, la Torá) regresaré a mi corazón” (3:21). “Mi porción es el Eterno” (3:24), dice su alma.

Así gira la Torá, como Moisés en la cima de la montaña, para que la busquemos, como invitación y cortejo, como llamada a hallarnos en ella, entre sus líneas, entre sus letras, y que así los cometidos que la imagen divina inscribió en nuestros corazones se reencuentren con sus versos, y se unan de nuevo como el sonido y la letra escrita.

"Ben Bag Bag dijo: Dale vueltas y vueltas, porque todo está en ella. Y mira en ella, y que tus cabellos se vuelvan grises en ella, y envejece en ella; no te alejes de ella, pues no hay mejor porción que ella.” (Pirké Avot 5:22) Uvah tejezé “y mira en ella”, usando el mismo verbo en arameo que la traducción para el versículo en el que Moisés ve la tierra y se da cuenta de que no hay lugar para él en ella: va-jazé ve-enaij “y ve con tus ojos” que no cruzarás este Jordán (Targum de Onkelos). Ver, mirar, la verdad en ella con los ojos de la mente (Tosafot Yom Tov). Descubrir en ella nuestra verdadera naturaleza, el verdadero cometido del ser humano.

Veo a Moisés bajar la montaña después de este episodio no con cara triste, sino con cierta sonrisa, mientras piensa que, al fin y al cabo, su legado al pueblo es más valioso que cualquier esquina de tierra en el mapa. Sus enseñanzas dibujarán otras fronteras: fronteras en el corazón y en el pensamiento de los hombres, árboles, fuentes y cisternas de inspiración, manantiales de justicia, montañas de saber, ciudades de preceptos y cometidos, un mar de paz, y la larga y amplia pradera clara en la que todo ser humano puede encontrarse y encontrar su porción. “Esta es la Torá que puso Moisés ante los hijos de Israel” (Deut. 4:44).


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