Parashat Balak 5779

”No matarás”
Por Adi Cangado

Comentario a la Parashat Balak (Núm. 22:2-25:9)



En la porción de esta semana la Torá nos narra la historia de Balak y Balaam. Balak era el rey de Moab y el pueblo de Israel había llegado cerca de las fronteras de su reino. Aterrado ante la posibilidad de derrota en una hipotética guerra, encarga a sus emisarios que busquen a Balaam, un hombre del este, de la tierra del Éufrates, famoso por la eficacia de sus maleficios. Balak quiere que Balaam maldiga al pueblo de Israel. Le lleva a tres montañas desde las cuales observar al pueblo. En cada cima Balak construye altares para llevar ofrendas, y que así a través de ellas Balaam pueda pronunciar la maldición al pueblo de Israel, pero cuando éste abre su boca de ella sale finalmente una bendición, y así hasta en tres ocasiones. Cuando nos acercamos hacia el final de la lectura sucede un episodio perturbador. Los israelitas empiezan a relacionarse con mujeres moabitas y midianitas y a adorar a sus dioses. El texto incluso llega a nombrar a dos de ellos, Zimrí ben Salú, un joven de la tribu de Simón, y la princesa midianita Kozbí bat Tsur. Mientras estos chicos tontean, Pinjás se alza en medio de la gente, coge una lanza, irrumpe en la tienda y los apuñala a los dos juntos en el vientre. ¿Por qué concluye la porción semanal de esta manera? ¿Por qué empezar aquí la historia de Pinjás, quien da su título a la parashá siguiente? ¿Qué intenta enseñarnos la Torá al mezclar estas dos historias?

Empezaremos de nuevo. Tras aceptar el encargo de Balak, Balaam se levanta por la mañana, monta en su burra y emprenden el camino a Moab. De repente un ángel de Dios, armado con una espada, se aparece frente a ellos. La burra se asusta y se aparta del camino y huye al campo aledaño. Balaam, que no ha visto al ángel, la golpea. La segunda vez los dos atraviesan un viñedo. El ángel se cruza con ellos y la burra se asusta, aplastando el pie de su amo contra un muro. Balaam la golpea. Más tarde el sendero se estrecha, hasta tal punto que no es posible dar la vuelta. El ángel irrumpe y la burra esta vez se tumba con Balaam encima, quien la golpea por tercera vez. “Si tuviese una espada aquí, te mataría”, le dijo Balaam a su burra. Fue entonces cuando Dios abrió los ojos del hombre, que finalmente ve al ángel con su espada. “¿Por qué golpeas a tu burra? Yo soy el adversario”, le dice el ángel, “si ella no hubiese obrado así, es a ti a quien mataría dejándola a ella con vida”. El ángel que con su espada amenaza al viajero, simbólicamente les advierte de que ése no es el camino. El visionario de renombre es incapaz de ver lo que su burra sí ve. Si él tuviese una espada, mataría a su burra, mientras ella únicamente busca salvar la vida de ambos. El ángel dice a Balaam: “Yo soy el adversario”. Confundir el camino. Confundirse de adversario.

Ahí está la conexión. El ángel amenaza a Balaam con una espada que no puede ver. Balaam amenaza a su burra con una espada que no existe. Pinjás agarra su lanza y mata a los dos jóvenes. La Torá quiere que relacionemos a Balaam con Pinjás. Pinjás mata a dos inocentes, y ése no era el camino ni ellos eran su enemigo.

La ceguera de Balaam, la incapacidad de ver, también está detrás del fanatismo de Pinjás. ¿Qué había tan horrible en que Zimrí y Kozbí se enamorasen? Ella era midianita, ¿y qué? La mujer de Moisés, Tsiporá, también era midianita, y según la Torá, también lo era la madre de Pinjás. Pinjás está ciego a su propia realidad, es incapaz de ver y de aceptar quién es, sus orígenes, y en su mente perturbada rechaza a su madre. Cuando atraviesa el vientre de los jóvenes con su lanza, el lugar del cuerpo en el que la mujer concibe a un niño, Pinjás está matando simbólicamente a su propia madre y a su propia mitad, como si por un instante aquellos dos jóvenes fuesen sustitutos de sus propios padres, como si por un instante estuviese viajando al pasado, antes de su nacimiento, para matar a sus padres antes de ser él mismo concebido. Pero la Torá lo dice muy claramente: “No matarás”. Este joven sacerdote, Pinjás, sin duda necesita de Dios un pacto de paz: paz para su mente enfrentada, para la batalla íntima que se libra en su corazón al no aceptar quién es.

El malvado Balak, después de todo, no era tan malo. A pesar de sus intenciones, Balak no es el enemigo, pues ¿qué es un enemigo? En hebreo se utilizan las palabras oyev (אויב) “el que es hostil” y soné (שנא) “quien no ama” o “quien hace daño”. Quien me hace daño, quien me odia en su corazón, no es mi adversario. La Torá enseña que no debemos odiar a nuestro hermano en nuestro corazón y en cada ser humano encontramos a un hermano. En su pensamiento el rey de Moab alberga más miedo que odio. Es cierto que desea dañar al pueblo de Israel mediante la maldición de Balaam, pero al final sus ofrendas traen bendiciones para Israel.

Los tres personajes principales ven, pero su visión es muy limitada. Si Balaam fuese un profeta de verdad, le habría dicho al rey de Moab que no debe preocuparse, pues de su descendencia nacerá un niño, David, que llegará a ser el rey más célebre del pueblo de Israel, pues Balak tuvo un nieto, Eglón, que a su vez fue el abuelo de Rut. Si a Balak no le cegase su miedo, vería a aquellos hombres y mujeres llegados a las fronteras de su reino no como un problema sino como una bendición. A Pinjás le ciega la represión. Juzga en los jóvenes amantes a quienes asesina lo que es incapaz de aceptar en su corazón.

Pero la porción de esta semana también nos enseña que no podemos ocultar la mirada al mundo que nos rodea: no es posible negar la realidad o alejarse de ella. Desde la cima más alta es posible admirar la grandeza del pueblo, y Balaam ya no puede hacer más que bendecir: no puede sino describir lo que sus ojos ven, y lo que sus ojos veían era bueno. Podemos aceptar la realidad como Balaam, o rechazarla como Pinjás.

Ha habido muchos “Pinjás” en nuestra historia. El día 4 de noviembre de 1995 se celebraba una manifestación en la Plaza de los Reyes de Israel, en la ciudad de Tel Aviv, a la que asistía el primer ministro Yitsjak Rabin. El lema de la concentración era: “Sí a la paz, no a la violencia”. De repente un joven, Yigal Amir, pegó dos tiros al primer ministro poniendo así fin a su vida. El asesino de Yitsjak Rabin era un “Pinjás”, un perturbado, un fanático. Este joven de origen yemení había sido rechazado recientemente por los padres de su novia, Nava Holtzman, quienes no querían a un joven mizrají para su “pura sangre” ashkenazí. ¿A quién estaría matando, en lo más profundo de su mente, Yigal Amir cuando disparó su arma contra el primer ministro?

Quería cerrar este comentario con un recuerdo al Rabino Abraham Kohn. Este joven rabino se instaló en la ciudad de Lemberg (Lviv), en la Galicia polaca (en la actualidad Ucrania), donde fundó una comunidad judía progresista. Desde el púlpito defendía los valores e ideales de libertad de conciencia, la necesidad de abrir las ventanas del judaísmo y dejar entrar el aire fresco de su lugar y de su época, aceptar la modernidad y reformar y reformular lo que estaba fosilizado para reverdecer así el árbol de vida que es la Torá. Pero en su camino se cruzó Pinjás. En la noche de un miércoles a un jueves, el 6 de septiembre del año 1848 (9 de Elul de 5608), un joven orfebre, judío jasídico, llamado Abraham Ber Pilpel, entró en la cocina de la casa. Tras pedir permiso para encender su cigarro con el fuego de la estufa, vertió arsénico en la sopa que iban a cenar y envenenó a toda la familia. Abraham y su hija Teresa murieron al día siguiente. El Rabino Abraham Kohn tenía 41 años cuando falleció. El Shabat anterior había pronunciado un sermón titulado “Aun así voy a hablar” sobre el mandamiento que dice “no matarás”. Hacía semanas que recibía amenazas de muerte, pero prefirió ser fiel a sí mismo:

”¿Puedo disminuir el derecho de la palabra de Dios y callarla cuando necesita ser proclamada? Tal vez tenga menos oyentes; pero aquel que quiera escuchar escuchará, y el que quiera apartar la mirada que aparte la mirada.”

No es posible apartar la mirada sin equivocarse. Es necesario enfrentar la realidad y describirla tal cual es. Sabemos que hay muchos “Pinjás” en la comunidad judía y debemos denunciarlos. Debemos decir sin miedo que no hay lugar para el fanático ni para el fundamentalista religioso en el judaísmo, pero también acampar frente a las fronteras de Moab como nuestros antepasados, es decir, ser visibles. Las corrientes no-ortodoxas del judaísmo (masortí, progresista) necesitan mayor visibilidad, para que quienes nos observan desde la cima de la montaña no vean solamente sombreros y trajes negros, con largas patillas y más largas barbas. El mundo que nos rodea debe saber que ellos no son el judaísmo, que hay maneras diferentes de entender el judaísmo y de interpretar nuestra tradición religiosa y cultural. A aquellos de nuestros hermanos que en su ceguera nos muestran hostilidad, no nos aman, o nos hacen daño, como los jóvenes vestidos de negro que insultan a las mujeres que leen la Torá, las increpan y las agreden en el Kótel (el Muro de las Lamentaciones), debemos decirles: este no es el camino, nosotros no somos el adversario.

Poco antes de morir, el Rabino David J. Goldberg, de bendita memoria, pronunció una frase con la que me gustaría finalizar y con la que comulgo plenamente: “Tengo más en común con un liberal de otra religión que con un fundamentalista de mi propia fe”.

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