Parashat Lej Lejá 5779

"Ve. Persigue ese sueño."

Por Adi Cangado


Cuando visitasteis un lugar o una ciudad por segunda o tercera vez, ¿no tuvisteis la sensación de que, de alguna manera, era como volver a casa? La familiaridad de un parque, pisar nuevamente las mismas calles, sentarse en los mismos bancos. Recorrer un lugar con la seguridad de que volverás a casa es muy fácil. Saber que ya no hay vuelta atrás se antoja mucho más complicado. Tomar un nuevo rumbo, girar en otra dirección, ¿y cuándo hacerlo? ¿Cuándo comenzar una empresa así? ¿Cuántas veces hemos pensado “ya no tengo edad para empezar de cero”?

Al principio de la Parashat Lej Lejá encontramos a Abram interpelado por la llamada más difícil: “Lej Lejá Ve por ti mismo (para ti y hacia ti), de tu tierra y del lugar en el que naciste y de la casa de tu padre, a la tierra asher areka que te mostraré” (Gén. 12:1). “Abram tomó a Saray, su mujer, y a Lot hijo de su hermano y todas sus posesiones que habían adquirido, y la vida entera que habían hecho en Jarán, vayetseú laléjet y partieron para caminar hacia la tierra de Canaán vayabou y llegaron a la tierra de Canaán” (v. 12:5). Atraviesan la tierra hasta Shejem, hasta elón moré “el árbol del Maestro”, y los canaanitas habitaban entonces el lugar (v. 12:6). De allí se movieron en dirección a la montaña, al este de Bet-El (v. 12:8). “Vayisá Abram haloj venasoa hanegba Viajó Abram y siguió caminando y viajando en dirección al sur” (v. 12:9).

En el primer versículo lo Eterno inspira en Abram una dirección, una decisión, pero no un destino. ¿Por qué el lugar al que deben ir no se dice en la Torá? Muchas veces me lo he preguntado. Esta vez me gustaría hacer una reflexión sobre el versículo 12:4:

Y se fue Abram tal y como el Eterno le había hablado, y fue con él Lot, y Abram tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán.”

¿Tenía 75 años? Las cuentas no salen. De acuerdo a nuestra tradición, cuando acontece el pacto entre las partes que se relata en el capítulo 15 de Bereshit, Abraham tenía 70 años, pues ocurrió 30 años antes del nacimiento de Yitsjak, y el niño nació cuando él tenía 100 (Gén. 21:5; Rashi). De este modo, si Abram tenía 75 años aquí, al comienzo de la porción semanal, el texto está descolocado. Esta misma duda asaltó a los baalé tosafot, antiguos comentaristas de la Torá del siglo XIII, en las glosas llamadas Dáat Zekenim, “el saber de los ancianos”. Ellos, a partir del Séder Olam, concluyen que Abraham tenía 48 años en la época de la destrucción de la torre de Babel y 70 años en el pacto de las partes que relata el capítulo 15. Por lo tanto ya había estado en Canaán antes de que el Eterno le dijese lej lejá “ve por ti mismo”. Los versículos 12:1-9, por lo tanto, tendrían que estar ubicados justo antes del capítulo 16 de Bereshit.

Abram había estado antes en Canaán pero regresó a Jarán y estuvo allí otros cinco años, siguiendo la conclusión de los tosafistas. Cinco años solamente, y entonces salió de Jarán “para sí mismo, por sí mismo y hacia sí mismo”. El destino no se cita porque ya es conocido para él y porque lo importante de este viaje no es el lugar al que va, sino para qué, por qué y hacia qué.

Me imagino al anciano de setenta años recorriendo los mismos lugares, las mismas plazas, observando cada detalle del lugar que abandonará para siempre con los ojos de aquel que sabe que cada objeto, cada persona, cada paisaje, se ve, esta vez sí, por última vez. Deja la tierra ya abandonada en su corazón y se encamina hacia una tierra que será re-encontrada, re-visitada, vista ya con otros ojos: un hogar. No estamos por lo tanto ante un viaje geográfico solamente, sino ante un viaje interior. No será la única vez que Abraham escuche estas palabras (lej lejá “ve hacia ti mismo”) que retan a su corazón y lo ponen a prueba (también en Gén. 22:2 las escucharemos; Rabí Leví en Midrash Tanjumá).

Abram continuará así el recorrido iniciado por su padre, Téraj, con quien dejó Ur Casdim (su tierra y su lugar natal). Pero lo que en su padre había sido ilusión o sueño, en él se cumplirá y realizará. Téraj morirá en Jarán, Abram llegará hasta Canaán pero siendo ya un anciano. En la vida del ser humano, una nueva dirección implica un re-descubrimiento de uno mismo. Cada paso que Abram y los suyos dan en el camino deja una huella en sus corazones y en sus mentes: anticipan la conversión, la transformación. Para reencontrarse, nuestro Patriarca debió abandonar cualquier premisa anterior, cualquier vínculo, cualquier apego: a su tierra, a sus orígenes, al lugar en que habría nacido y crecido y conocido a su mujer; el rincón del mundo en que se encontraron por primera vez y el rincón en el que hicieron una vida juntos; la casa de su padre y también la suya. Este gesto de renuncia nos dibuja en Abraham no a un hombre común sino a un héroe.

Por otra parte, ¡tenía 75 años! Muchos pensaríamos “¡qué tarde para cambiar de rumbo!”. Pero, con Hilel, él podría respondernos im lo ajshav ematay “y si no es ahora, ¿cuándo?”. La edad no fue un límite para nuestro padre Abraham y nuestra madre Sara: eran ancianos y se embarcaron en esta aventura, dejando atrás aquello que les era familiar, conocido. Con 75 años se propusieron empezar de nuevo, porque nunca es demasiado tarde para ello. Al igual que los personajes de la película “El exótico Hotel Marigold”, lo que parecía el final acabó siendo el principio de una historia por contar. La Torá nos lo dice: veheyé berajá “y sé (o serás) una bendición” (v. 12:2). Y será para bendición, de ellos y de todos los pueblos del mundo. En el Midrash Tanjumá se recoge esta hermosa metáfora:

Hacia la tierra que te mostraré” (Gén. 12:1), no le dijo el lugar concreto, es como una prueba dentro de otra. Hay un hombre que camina y no sabe a qué lugar va, ¿y qué hace? Coge sus cosas y a su mujer, “y se fue Abram tal y como (el Eterno) le había dicho” (v. 12:4). “Y te haré (un pueblo grande)” (v. 12:2), y no dice “y te pondré” sino “y te haré”. Le dijo: a ti Yo te creo como un ser nuevo.

A la tierra que te mostraré: allí podrá revelarse y ser visible, expresar lo que hasta entonces estaba oculto o guardado en su corazón (Rabí Meir Simja de Dvinsk, 1843-1926, Méshej Jojmá). Con 75 años Abram será un hombre nuevo. Y será para bien. Para su bien y el de las generaciones que le seguirán. En uno de sus poemas (And Abraham Was 75 Years Old, “Y Abraham tenía 75 años”), Rolf Gompertz (To Life, To Love: In Poetry and Prose, a Spiritual Memoir) retrata perfectamente las emociones que habrían sentido:

Lej lejá,
dijo Dios.
"Ve”.
Y Abraham
tenía 75 años.
"Soy demasiado mayor”,
pensó.
Lej lejá,
dijo Dios,
ordenándoselo.
Insistente.
"Ve”.

Y Abraham
fue,
y Abraham fue
de lo familiar
a lo que no le era familiar,
de lo conocido
a lo desconocido.

Lej lejá,
"Ve”.
Yo, también, voy,
una vez más,
dejando la comodidad
de lo familiar,
hacia el miedo
de aquello que no me resulta familiar.
Dejando las certezas
de lo conocido,
hacia las incertidumbres
de lo desconocido.

(…)

Ve,
ve,
en la libertad
de lo que no es familiar,
en la promesa
de lo desconocido.
(…)

Ve,
ve,
persigue ese sueño,
de toda una vida, el sueño
que no muere, el sueño
que ha estado siempre
contigo.
(…)

Ve,
ve,
hazlo posible,
hazlo real.
Dale otra oportunidad,
dale incluso una oportunidad más,
dale incluso una última oportunidad,
(…)

Porque lo Eterno, la incansable Fuerza y Fuente que crea e impulsa el universo y también a nuestro corazón, da ánimos al cansado y fuerzas a aquel a quien empiezan a faltarle (Isaías 40:29). “Cada uno ayuda al otro, y a su hermano le dice, ¡Sé fuerte!” (v. 41:6). “No tengas miedo porque estoy contigo” (v. 41:10). Al tirá, Aní azartija “No temas, te ayudo” (v. 41:13). Por lo tanto ve, ve. Ve para ti, por ti mismo, hacia ti, y entonces será para bendición.

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