Más reflexiones sobre Rosh ha-Shaná

“Dos madres: Sará y Hagar”

Por Adi Cangado


(Cuadro de Peter Paul Rubens,
"Hagar deja la casa de Abraham")

A medida que se acerca el Año Nuevo se intensifica la necesidad de retornar hacia el Eterno. Durante los últimos días del mes de Elul hemos reflexionado sobre el año que está a punto de pasar. Hemos hablado y leído sobre el arrepentimiento o teshubá, sobre la reparación personal y espiritual y sobre la naturaleza del ser humano y del pueblo judío.

Estos días nos inspiran deseos de mejorar, de ser más rectos, pero curiosamente una de las lecturas de la Torá para Rosh ha-Shaná (Gén. 21:1-33) nos habla sobre Abraham, Sará y Hagar, un padre y dos madres que desean lo mejor para sus hijos, y la Torá nos los presenta fuertes pero también con debilidades, en toda su humanidad.

Comenzaremos nuestro estudio con el nacimiento de Isaac. De acuerdo a la tradición judía, Sará concibió el primer día de Rosh ha-Shaná,

והי פקד את שׂרה
“Y el Eterno visitó a Sará” (v. 21:1)

El verbo pakad [פקד], en esta forma verbal concreta, podría significar también atender, guardar, cuidar, ocuparse de (Sará) y proteger. “Y Sará concibió y dio a luz para Abraham un hijo de su vejez en la fecha [למועד] que le había dicho Dios” (v. 21:2). La Torá dice למועד que también significa “en la fiesta que le había dicho Dios”. Es decir, en Rosh ha-Shaná.

En Rosh ha-Shaná el Eterno creó al primer hombre y a la primera mujer, y sin embargo no leemos sobre ellos, sino sobre Abraham y Sará, el padre y la madre del pueblo judío.

Muchos años atrás Abraham había abandonado la casa de su padre. Su mujer, Sará, era estéril. Pasan los años y Abraham y Sará ya no son jóvenes, ¿aún habrá tiempo para tener un hijo? El Eterno les bendice, sin embargo les niega la descendencia. Abraham sufre por ello: ¿quién perpetuará su tradición, su legado? En un acto de enorme generosidad, Sará le ofrece a Hagar, su sierva. Él siempre se rinde ante la voz de Sará. No sale de él sino de ella. Ella se lo pide. Hagar le dará así un hijo: Ismael.

Pero al quedarse encinta Hagar se vuelve arrogante con su dueña. ¿Por qué Abraham no interviene? ¿Por qué no reprende a Hagar por sus burlas? ¿Por qué no defiende a Sará? Sará sufre y atormenta a su sierva egipcia, que finalmente huye al desierto embarazada. Allí un ángel le indica que debe volver junto a Sará. Al regresar y al dar a luz a Ismael, los tormentos de su dueña no cesan. Durante quince años más Hagar residirá en la casa de Abraham. Cuando son expulsados, el joven Ismael tiene diecisiete años.

Nuestra madre Sará sufría, pero el Eterno la protegió y se ocupó de ella, cuidándola y dándole un bebé, y los demás se reían de ella pues, ¿cómo iba Sará a darle un bebé a un Abraham ya anciano? La Torá trata de enseñarnos que algo absolutamente extraordinario es posible.

ותאמר שׂרה צחק עשׂה לי אלקים כל השׁמע יצחק לי
“Y dijo Sará, “Dios ha hecho burla de mí, todo el que escuche se reirá de mí”.” (v. 21:6)

Esta sería una traducción posible del versículo. Pero Rashi nos anima a hacer una traducción más positiva y dice que debemos leer יצחק לי “se reirá de mí” como ישׂמח לי “se alegrará por mí”. Pues de acuerdo al Midrash (Bereshit Rabá): “muchas mujeres estériles fueron visitadas con ella [con Sará], muchos enfermos fueron curados en aquel día, muchas oraciones fueron contestadas con ella ורב שׂחוק היה בעולם “y hubo una alegría inmensa en el mundo”. Por eso podríamos traducir mejor así: “Y dijo Sará, “Dios me ha hecho feliz, todo el que escuche se alegrará por mí””. Ese es precisamente el significado del nombre que el niño recibirá, Isaac [Heb. יצחק].

El niño crecerá y será circuncidado. En ese día (de acuerdo a Tosafot, Tratado Shabat 130a), Abraham organiza un banquete (v. 21:8). En la fiesta Sará percibió que el hijo de Hagar, Ismael, hacía jugar o reír a Isaac,y pensó que estas diversiones no eran buen ejemplo para su niño, para Isaac (v. 21:9), por eso le pide a Abraham que expulse a Hagar y a su hijo (v. 21:10). Abraham, dócil, y a pesar de lo que su corazón le dicta, la obedece. Él, célebre por su hospitalidad, ¡expulsa a su mujer y a su hijo! Pero, ¿por qué condenarlos a morir de sed y enfermedad en el desierto?

De alguna manera, Isaac será quien perpetúe la herencia espiritual de su padre, pero el gesto de Sará sigue pareciéndonos intolerante y profundamente reprobable. En los días más solemnes del año, en los que el Eterno nos llama a mejorar y a perdonar, la lectura de la Torá nos habla de los problemas cotidianos: nos presenta a nuestra madre Sará en su rol más humano, pidiendo a Abraham que expulse a Hagar y a Ismael, lo cual nos parece injusto. Además, sin decirlo directamente, parecería que tanto el Midrash como Rashi insinúan que Ismael, el hijo de la mujer egipcia, estaba enfermo, como luego veremos.

וירע הדבר מאד בעיני אברהם על אודת בנו
“Y apenó este asunto mucho a Abraham a causa de su hijo.” (v. 21:11)

Pues como padre, Abraham sufre ante la petición de Sará. Al fin y al cabo Ismael es su hijo. Tal vez era un hijo que tenía una conducta reprobable (Midrash Tanjumá y también Rashi) pero seguía siendo su hijo; a lo mejor él querría seguir al lado de Ismael para intentar, un año más, hacer que retornase a la Torá. Si no hubiese estado bajo su influencia, ¿qué habría sido de él? Llama la atención aquí la Torá, pues en boca de Sará llama a Ismael “el hijo de esa sierva”, mientras que en boca de Abraham lo llama “su hijo”.

En el Midrash y también en el Talmud Ismael no queda retratado en lo bueno: se le acusa de robo, violencia, asesinato, idolatría y adulterio. Pero, ¿qué podemos esperar de él? También sufre. Sabía perfectamente que él no era el hijo a quien su padre deseaba como tal. “¿Qué debe pensar de la sociedad en la que crece, del patriarca Abraham, cuya fama trasciende fronteras, y de su Dios, que permite tanta injusticia en el seno de la familia humana? Y más tarde, en el desierto, ¿qué esperar de su propia madre que lo aleja de ella y lo deja sufrir solo, agonizar solo, morir solo?” (cita de Elie Wiesel, en “Celebraciones Proféticas”).

Abraham se levanta por la mañana temprano, coge un odre de agua y se lo da a Hagar, poniéndolo en su regazo junto al niño; se trata de un padre que despide a su mujer y a su hijo. ¿Por qué se levanta “temprano”? Según el Midrash obró así por amor: en primer lugar, para permitir que los expulsados pudiesen aprovechar las horas frescas y no sufrir demasiado por las inclemencias de la arena incandescente, y en segundo lugar, porque así Sará no estaría presente. Abraham ama a los dos tanto como a Sará. Parece que Abraham se levante temprano, como a hurtadillas.

La otra madre de nuestro relato es Hagar. Como Sará no podía tener hijos le dijo a Abraham que tomase a su sierva egipcia, Hagar. Fue así como nació Ismael. La tradición nos dibuja a Hagar plenamente integrada en la familia de Abraham y en sus tradiciones. Sin embargo, su propio nombre insinúa que nunca dejó de sentirse más o menos ajena. El nombre propio הגר procede de גר, es decir, “el que reside en un lugar”, con frecuencia sin sentirlo como hogar. Tal vez por eso cuando es expulsada de la casa,

ותתע במדבר באר שׁבע
“Y vagó en el desierto de Bersheva.” (v. 21:14 in fine)

También errar, extraviarse, perderse, o incluso desvariar. Rashi interpreta este verbo en el sentido de regresar a la idolatría de la casa de su padre. Pero según su nieto, Rashbam, simplemente se perdió en el desierto.

ויכלו המים מן החמת ותשלך את הילד תחת אחד השׂיחם
“Y se agotó el agua del odre, y [Hagar] dejó al niño bajo uno de los matorrales.” (v. 21:15)

De acuerdo a Rashbam, el agua se terminó porque se habían perdido. Pero su abuelo, Rashi, nos dice que se agotó porque dérej jolim lishtot harbé “es común que los enfermos beban mucho”.

Hagar no quiere ver cómo su hijo se muere, por eso lo abandona y se aleja, sentándose lejos, y alzó su voz y lloró, ¿o acaso se aparta para poder llorar a gritos? Al final no es el llanto de Hagar el que escucha el Eterno, sino el del niño, aquel que para el ángel es un joven [náar] mientras que para su madre sigue siendo un niño [yéled],

וישׁמע אלקים את קל הנער
“Y escuchó Dios la voz del niño.” (v. 21:17)

Cuando el ángel habla con Hagar le pregunta, “¿qué te pasa Hagar?”, pues Hagar llora pero su llanto no es contestado. Hagar podría ser la metáfora de la persona que no quiere afrontar la realidad, que prefiere dar la vuelta y no ver. Ella no quiere mirar porque “no veré la muerte del niño” (v. 21:16). Hagar representa al que escapa del problema y no lo afronta de cara. A continuación le dice, “levántate, coge al niño y haz que tu mano se sujete en la suya” (v. 21:18). El Eterno le ordena que afronte la vida, que mire la vida a la cara y abra los ojos. “Y abrió Dios sus ojos y [ella] vio un pozo de agua” (v. 21:19). El pozo ya estaba allí, pero Hagar no lo veía.

El odre y el pozo son dos metáforas muy interesantes de esta lectura. Los dos son recipientes de agua, pero mientras el agua del odre se agota enseguida, el agua del pozo nunca se acaba. Los pasos tímidos, las soluciones fáciles y cómodas que escogemos para no afrontar la vida, duran poco. Tal vez podamos usarlas para dar el siguiente paso, pero nunca nos darán la suficiente perspectiva para atender plenamente la llamada de la vida. Rosh ha-Shaná nos llama a escoger la vida, a abrir los ojos y encontrar el pozo de agua. Entre hacer lo más fácil y hacer lo que es necesario, Rosh ha-Shaná nos llama a atender lo que es necesario.

Esta lectura de Rosh ha-Shaná nos recuerda que en este día celebramos el aniversario de la Creación del primer hombre y la primera mujer, y nos insinúa también cómo los errores de aquella primera pareja humana siguen resonando en las debilidades de nuestros personajes: Sará se muestra inflexible y pide a Abraham que expulse a Hagar; Abraham obedece a Sará, y conocedor como era de los pozos de la zona, no le indica a Hagar dónde están ubicados sino que le entrega solamente un odre de agua; y Hagar, en los límites de la desesperación, prefiere alejarse y cerrar los ojos ante el sufrimiento de su hijo. Frágil, débil, confuso, indefenso a veces, así es también el ser humano.

Pero en el último versículo de la lectura, la Torá nos ofrece el ejemplo de un hombre justo. “Y [Abraham] estableció en Bersheva un éshel” (v. 21:33), pero ¿qué es éshel [אשׁל]? Shemuel nos dice que se trata del acróstico de los verbos “comer” [אכילה], “beber” [שׁתיה] y “dar cobijo” [לויה], pues Abraham estableció una posada [פּנדק] (Talmud de Babilonia, Tratado Sotá 10a). No, no os riais. No es simplemente que Abraham abrió una posada. El mensaje final es que debemos estar siempre dispuestos a ayudar a los demás, a las personas que están a cada instante de paso en nuestra vida, pues en definitiva el mandato más elevado de la Torá, el “amor al prójimo” (Lev. 19:18) no es otra cosa que amar, cada segundo, al que tenemos más próximo, al que justo en el momento de amar está ahí, cerca, necesitado de que seamos para él o ella un refugio, una manta, un plato de comida, un vaso de agua o un abrazo.

Durante Rosh ha-Shaná es precepto que hagamos reflexión sobre nuestras obras pasadas, pidamos perdón si es necesario, y retornemos al Eterno, mejorando nuestra conducta. De alguna manera incluso los errores que hemos cometido nos han traído a este preciso instante. Tal vez este es otro mensaje importante de la lectura de la Torá para el año nuevo. Si Abraham y Sará no hubiesen mentido en Egipto, diciendo que eran hermanos, nunca habría Sará recibido como sierva a Hagar. Ismael nunca habría nacido.

Pero lo extraordinario también tiene su lugar en el universo. La mujer estéril tiene un hijo. La sierva echada de casa y su niño no morirán en el desierto. De Ismael, por ser hijo de Abraham, también saldrá un pueblo bendecido.

De alguna manera las travesías de la vida se bifurcan de maneras extrañas que muchas veces no entendemos y al final el resultado nos revela el significado de todo el recorrido que hasta allí nos ha turbado. Pero también depende de nosotros el ir dejando, al caminar, el rastro que nos permita entonces identificar nuestra huella en la vida. Cuenta un Midrash que aquella mañana Abraham ató el pesado cántaro a las caderas de Hagar, para que así ella lo arrastrara, dejando un rastro.

Los tres personajes nos inspiran amor, nos piden que les comprendamos en sus fortalezas y en sus debilidades. Al igual que nosotros mismos durante Rosh ha-Shaná y Yom Kipur pedimos al Eterno que nos comprenda.

Deseo que este año nuevo esté lleno de bendiciones y que seáis inscritos para una vida buena y llena de paz. Shaná tobá!

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