Comentario a la Parashat Ekev, por Adi Cangado

LA FUERZA DE UN «PORQUE»
Por Adi Cangado

Comentario a la Parashat Ekev

La historia del judaísmo moderno se desarrolla básicamente entre dos acontecimientos trágicos: la destrucción del Segundo Templo y la Shoá. El exterminio de millones de judíos en la Shoá y la fundación del joven Estado de Israel han transformado de manera profunda la experiencia judía y seguramente habrá que esperar muchos años para comprender plenamente el alcance de semejante cambio de paradigma para nuestra comunidad.

De manera similar, el conjunto del pensamiento judío también se desarrolla linealmente entre dos extremos de un segmento: la accidentada Creación del mundo y la necesidad de completar la tarea y de repararlo. El mundo en el que residimos es hermoso y tiene grandes posibilidades, pero también es cierto que ha quedado mucho trabajo pendiente. Así, de la creencia (y de la experiencia) de una Creación fallida surge la necesidad de colaboración humana para reparar y reconstruir (y completar) el mundo, un mundo en el que además hemos producido tantísimo daño y tanta muerte y destrucción. Tenemos que llevar a cabo esta tarea tan dura y ardua, pues el cansancio de completarla nos recompensará con la calma de haber mejorado el mundo y reparado el daño.

La imagen profética de ese mundo mejor se representa en el judaísmo con la metáfora de los vecinos que ya pueden sentarse tranquilamente cada uno a la sombra de su árbol, sin tener miedo el uno del otro.

El conjunto de preceptos y costumbres de nuestro pueblo no persigue riquezas, ni dominio político o religioso, ni un Olimpo encima de las nubes. Las enseñanzas de la religión judía están encaminadas a la disciplina personal y a la armonía del hogar y de la comunidad, y a sentar los cimientos de una sociedad comprometida, amable y recta que, en el mundo por venir (es decir, el que deviene a cada instante), conquiste el reposo y la tranquilidad del ser humano.

Comienza además la época del año en que debemos revisar nuestras obras y examinar nuestra conducta, a medida que se acerca Rosh ha-Shaná: una época del año dedicada a la reparación personal [tikún] y al arrepentimiento [teshuvá], es decir, a dar media vuelta en dirección a la Torá.

La porción de esta semana se llama Ekev, que en hebreo significa (de entrada) “recompensa” (Sal. 19:12) o “consecuencia” (Prov. 22:4). Al leerla nos preguntaremos, ¿cuál es la recompensa o la consecuencia de seguir la Torá?

“Y será ekev porque atiendas estos preceptos y los guardes y los cumplas, que el Eterno tu Dios guardará para ti el pacto y la bondad que prometió a tus antepasados.” (Deut. 7:12)

La palabra hebrea ekev tiene varias acepciones. Como sustantivo significa “recompensa” o “consecuencia”. Sin embargo en este versículo va acompañado de un verbo, debiéndose traducir como “porque”, “por” o “si”. Es decir, el Eterno guardará el pacto si tú, el pueblo de Israel, lo guardas, y porque lo guardas. El cumplimiento de los preceptos es condición indispensable para que el pacto se perpetúe, y por lo tanto también causa de su supervivencia. Solamente el apego del pueblo judío a su Torá y a su tradición hizo posible que la esperanza de regreso a la tierra de Israel permaneciese intacta. El judío custodia, carga, con la promesa, pero la promesa implica muchas tareas que debe guardar y enseñar: las mitsvot, las enseñanzas y cometidos que el judío asume interpelado por lo Divino.

Literalmente ekev también significa “talón” (el talón del pie): de ahí viene el nombre de Jacob. Jacob (=Israel) está profundamente vinculado al significado de esta palabra. Cuando Rashi interpreta el versículo citado más arriba dice: “Si atiendes a los preceptos menores que (habitualmente) esquivas con los talones”, entonces se cumplirá la promesa.

Sin embargo, para muchos millones de judíos a lo largo de la historia custodiar el pacto les supuso la persecución, el exilio y demasiadas veces la muerte. Ante el horror del exterminio muchos podrían preguntarse, ¿de qué les sirvió a ellos observar los preceptos? ¿Dónde está su parte en la promesa? ¿Qué consuelo le queda al hijo que murió en las cámaras de gas y que no sobrevivió para poder preguntar en la cena de Pascua? Pasadas varias décadas el porque nos golpea de lleno con un doloroso y exclamativo por qué y entonces gritamos: ¿Por qué debe el pueblo judío observar la Torá especialmente después de la Shoá?

Por supuesto, las antiguas razones siguen vigentes: porque la Torá, usando esta palabra en su acepción más inmensa, está en el corazón del pueblo judío, en las raíces de su herencia (en sus antepasados y en su tradición) y es su “código genético” emocional, cultural y espiritual, y su sentido y su cometido histórico y metahistórico; y porque la Torá encierra la llamada inefable del Eterno, Fuente y Significado del universo, a quien se acerque al desierto a escucharla; y porque la tradición judía encierra y contiene las claves de la santificación de una vida plena; y etcétera.

¡Se trata de razones de peso! Pero a ellas debemos añadir una nueva (y nunca pasarla por alto). Debemos observar la Torá, porque incluso en los circos en los que los romanos veían cómo las bestias desgarraban a nuestros antepasados, o durante las largas y peligrosas travesías después de exilios, persecuciones o expulsiones, o en las plazas en las que, durante el Medioevo, quemaban a nuestros abuelos en hogueras, o incluso en los ghettos y en los campos de concentración y exterminio en los que nuestros padres y hermanos fueron exterminados industrialmente, y a pesar de la atrocidad, ... la santificación de la vida a través de la Torá fue posible para muchos (si bien no para todos). Pues muchos no cesaron jamás, con sus escasas posesiones, de observar las enseñanzas, de descansar durante el Shabat y celebrar las fiestas en la medida en que podían, de enseñar la tradición a escondidas, de cantar las oraciones diarias mientras los torturaban o masacraban, o de circuncidar a los niños y de formalizar el amor carnal bajo un improvisado palio nupcial. Por todos ellos, también por quienes no lograron mantener la llama encendida, y especialmente por aquellos para quienes fue posible, debemos llevar una vida apegada a la Torá. Porque fue posible para ellos [porque lo imposible fue real], es precepto para nosotros conservarla, enriquecerla, cumplirla y pasar el testigo a la siguiente generación.

Cuando Jacob salía del vientre de su madre, agarraba la mano fuertemente al talón de su hermano. Por eso recibió el nombre de Jacob. Israel sobrevive en la cadena de transmisión de su tradición; sin su tradición milenaria, el pueblo judío se diluiría como una gota de vino en el océano.

En el versículo 8:1 se subraya esta dimensión hacia una vida plena, hacia la resistencia y la supervivencia: “todos los preceptos que Yo te he ordenado hoy deberás guardarlos para llevarlos a cabo, y así sobrevivas”. Porque sin la Torá, el pueblo judío es como todos los demás: nada especial. En la escalera de su sueño, y mientras Jacob la observa, unos pueblos suben y otros pueblos bajan. Los mapas cambian, pero la fe judía permanece.

Curiosamente la segunda vez que la palabra ekev aparece en nuestra porción semanal está escrita en relación al extremo opuesto. Si Israel se aleja de la Torá, perecerá: “como los pueblos que el Eterno extinguirá ante vosotros, así os extinguirá también ekev si (o “porque”) no atendéis a la voz del Eterno vuestro Dios” (v. 8:20).

El mensaje de la tradición judía es aquí muy claro. Las bendiciones prometidas en la Torá de una vida completa/cumplida -plena- no nos son regaladas sino que se ganan. La bendición de la tierra no se hereda sino que debe ser conquistada, merecida. Si no trabajamos en perpetuar la relectura viva de la Torá ni luchamos por el triunfo de los valores y enseñanzas éticas del judaísmo en la tierra de Israel, no merecemos la bendición de ninguna de las dos.

Sin más os deseo que tengáis paz en el Shabat. Shabat Shalom u-mevoraj!

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