Comentario a la Perashat Sheminí, por Adi Cangado

"Érase una vez dos ciegos y un elefante en el altar"

Por Adi Cangado



Comentario a la Perashat Sheminí




La fiesta de Pésaj ha pasado. Habíamos dejado la lectura del libro de Levítico con la inauguración del Tabernáculo y las ofrendas y sacrificios que allí se ofrecían. Esta semana comenzamos la porción con el versículo siguiente (Lev. 9:1), vayehí bayom hasheminí kará Moshé le-Aharón ulbanav ulzikné Yisrael, "y fue que en el octavo día llamó Moisés a Aarón y a sus hijos y a los ancianos de Israel". Dicen los sabios en el Talmud que cada vez que una sección de la Torá comienza con la palabra vayehí "y fue" algo trágico o terrible se avecina (Tratado Meguilá 10b).

Nuestro relato se sitúa el primer día de Nisán. Tras las ceremonias que dan comienzo a la actividad en el Mishkán, el pueblo está exaltado y alegre dado que el Nombre divino ha aceptado descender Su presencia para consumir las ofrendas y así perdonar los pecados y transgresiones de Israel. Vayar kol ha-am vayaronú vayipelú al penehem "Y vio [esto] todo el pueblo y cantaron y postraron sus rostros" (Lev. 9:24 in fine). Cantaron llenos de júbilo al ver cómo eran consumidas las ofrendas y cómo los kohanim les daban su bendición.

Pero este ambiente festivo se ve repentinamente interrumpido por la muerte de los dos hijos mayores de Aarón: vayikejú bené Aharón Nadab va-Abihú ish majtató vayitenú bahén esh vayasimu alea ketóret vayakribu lifne Adonay esh zará asher lo tsivá otam "y cogieron los hijos de Aarón, Nadav y Avihú, cada uno su incensario y colocaron en ellos fuego y pusieron sobre él incienso y acercaron a Dios un fuego extraño, que no les había ordenado [¿Moisés? ¿Dios?] a ellos" (Lev. 10:1). En lugar de consumir la ofrenda, el fuego les consumió a ellos.

¿Por qué murieron Nadav y Avihú? A lo largo de los siglos los rabinos y maestros han tratado de entender este pasaje de la Torá. Este año, revisando el Midrash, reparé en un pasaje en el que nunca me había detenido:

"Bar Kapara, en nombre de Rabí Yirmiá ben Elazar, dijo: (Nadav y Avihú murieron) por acercarse a un lugar santo, por ofrecer (incienso), por el fuego extraño, ve-al she-ló natelú etsá ze mi-ze, y porque no atendieron cada uno el consejo del otro."

Es decir: no siguieron cada uno el consejo del otro y esto hizo que el fuego fuese extraño, posaron el incienso sobre aquel fuego y se acercaron al lugar santo, acaeciendo el desastre. ¿Por qué sabemos que ocurrió así? Porque el versículo dice que cogieron ish majtató "cada uno su incensario" (Lev. 10:1), es decir, ish me-atsmó asú, "cada uno por sí mismo lo hicieron", she-ló natelú etsá ze mi-ze "porque no atendieron cada uno el consejo del otro" (Vayikrá Rabá, 20:8).

Este episodio debe hacernos reflexionar sobre cómo enfrenta el ser humano el mundo que le rodea y cómo se aproxima a lo Divino, a la Respuesta a sus preguntas sobre lo espiritual, sobre el mundo y sobre su propia naturaleza. Existen en especial dos sentidos sobre los que me gustaría hablar: la vista y el oído. El Rabí Yaakov Leiner decía: "la vista nos descubre el aspecto exterior de las cosas mientras que el oído nos revela el interior". Ver nos relaciona con lo que las cosas parecen, tal y como se nos a-parecen. Al escuchar, el Universo se nos revela en su más íntimo ser. Si os tapáis los oídos y os limitáis a ver, la percepción se reduce a una experiencia personal. Si os tapáis los ojos y escucháis, la percepción se torna horizontal, relacional.

Los rayos de luz alcanzan el ojo y los impulsos nerviosos a través del nervio óptimo envían la información al cerebro, que la procesa en la corteza visual. Parte de cuanto vemos, ya lo llevamos dentro. Cómo somos condiciona el modo en que observamos el mundo. Alguien dijo que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. En la tradición budista existe una parábola que lo describe de manera muy interesante. En el Udana (68-69) se nos narra cómo un rey reunió a varios ciegos de su capital en palacio. Los puso en presencia de un elefante y cada uno de ellos se acercó y palpó una parte del elefante. Al final el rey les preguntó por separado: "Dime, ¿has visto al elefante? Cuéntame, ¿qué es un elefante?" Al que había tocado la cabeza del animal, le parecía que un elefante era como una vasija. Al que había palpado la oreja, una cesta. El que tocó el colmillo dijo, ¡es una reja de arado! ¡Un arado!, pensó el que palmó la trompa. Al que acarició su cuerpo le pareció un granero, una columna al que tocó la pata, un muro al que pasó su mano por el lomo del animal. A otro el elefante le pareció una herramienta de albañil pues había agarrado la cola. El último, que cogió al animal por la punta peluda de su cola, opinó que aquello era un cepillo. Al haber entendido qué era un elefante de maneras tan diferentes, se pusieron a discutir entre ellos sobre qué era un elefante. El Buda concluye: "Para discutir, cada uno se aferra a su punto de vista".

Discutieron porque habían palpado distintas partes del animal, en lugar de poner en común sus impresiones parciales hasta llegar a una conclusión más cercana a la verdad. Pues la verdad es el resultado de un debate constructivo, de una puesta en común. Para acercarse a la verdad, necesariamente debemos escuchar y acoger las impresiones del "otro".

También en el Talmud (Bablí, Berajot 55b) el Rabí Benaa nos recuerda que había veinticuatro intérpretes de sueños en Jerusalem. En cierta ocasión soñó un sueño y fue a cada uno de ellos: aunque lo que uno interpretaba otro no lo interpretaba, todos ellos (todas las interpretaciones) de alguna manera se cumplían para aquel sueño. El Rabí Shemuel bar Najmani, en nombre de Rabí Yonatán, dijo: en mar'ín lo le-adam ela mi-hirhuré libó "no se muestra al ser humano sino (lo que brota) de los pensamientos de su corazón".

La muerte de los hijos de Aarón será el contexto para unos pasajes que no deben pasarnos desapercibidos. La Perashat Sheminí es más conocida porque en ella ocurre la muerte de los hijos mayores del hermano de Moisés, pero es mucho más que eso. En la Perashat Sheminí acontece algo excepcional: un versículo fundamental para comprender la Torá y la manera en la que el judío se acerca a ella.

En el versículo 10:16 se encuentra, de acuerdo a los masoretas, jatsí ha-Torá la mitad de toda la Torá, en la cuenta de las palabras. En el texto en hebreo podemos ver una marca entre las palabras darosh "investigar, discutir" y darash "investigó, discutió". Esta estructura se llama en hebreo infinitivo absoluto y es muy utilizado en el texto bíblico cuando se quiere enfatizar la acción verbal. El versículo entero dice así, ve-et seir hajatat darosh * darash Moshé vehiné soraf vayiktsof al Elazar ve-al Itamar bené Aharón ha-notarim lemor "y sobre la ofrenda jatat discutió insistentemente Moisés y he aquí que se enfadó y reprendió a Elazar y a Itamar hijos de Aarón, los que le quedaban, diciendo" (v. 10:16), madúa lo ajaltem et hajatat "¿por qué no comísteis (la ofrenda) jatat?" (v. 10:17).

Vamos a tratar de explicar este episodio. Tras la muerte de Nadav y de Avihú, sus padres y hermanos, los parientes más cercanos, deberían en otras circunstancias guardar el duelo, y por lo tanto, el mismo día de la muerte de los jóvenes (1 de Nisán), estarían en estado de aninut. Por eso, como onén, Aarón y sus hijos no tendrían por qué tomar parte de las ofrendas y comer. A pesar de eso, vemos que el Eterno dice en el versículo 10:12b, ha-notarim kejú et ha-minjá ha-notéret ve-ijlúa matsot etsel hamizbéaj "los demás coged de lo que queda de la ofrenda minjá y comedla, los ázimos, junto al altar". Es decir, se establece, para este caso concreto, una excepción. Pueden comer, en principio, lo que ha quedado de la ofrenda minjá. ¿Qué implica esto?

Las ofrendas que se realizaron aquellos días eran de dos tipos distintos: por un lado, las kodshé shaá, ofrendas que solamente se realizarían en aquellos días de inauguración, y además las kodshé dorot, ofrendas rutinarias. Tres cabritos fueron ofrecidos como sacrificio jatat aquel día 1 de Nisán: la ofrenda de Najshón, por la tribu de Judá (Núm. 7), la correspondiente a la inauguración del Tabernáculo (Lev. 9), y la de Rosh Jódesh Nisán (Núm. 28). Las dos primeras eran kodshé shaá, y la tercera era kodshé dorot. Moisés les había dicho que comiesen lo que quedaba de la ofrenda minjá, que era kodshé shaá. Aarón y sus hijos hicieron así.

Pero, ¿debía extenderse el precepto también a la carne de los sacrificios jatat? Quedaba claro que a pesar de su status como onén, debían comer, pero qué comer había quedado abierto a la discusión entre Moisés y Aarón. Moisés interpretó que el precepto debía aplicarse a todas las ofrendas (incluido el cabrito de Rosh Jódesh Nisán, por eso pregunta enojado por qué no se ha consumido ese cabrito), mientras que Aarón, considerando que la ofrenda minjá era kodshé shaá, interpretaba que el precepto se extendía sólo a otras ofrendas kodshé shaá. Por eso ni él ni sus hijos habían comido el cabrito entregado con ocasión del novilunio del mes de Nisán, que era kodshé dorot.

En el versículo 10:19, Aarón se pregunta por qué habrían de comer, ¿sería pues eso grato al Eterno? Moisés aprueba el razonamiento de Aarón y el relato continúa.

Que ese versículo, Lev. 10:16, sea la mitad de la Torá es muy significativo. Lo ocurrido entre Moisés y Aarón, la discusión sobre el jatat, constituye el primer ejemplo en la historia del judaísmo del tipo de razonamiento y discusión que más adelante se utilizaría en la tradición oral (Mishná y Guemara). Podríamos incluso considerar que detrás del razonamiento de Aarón habría un versículo de soporte, como ocurre en los debates del Talmud, y de hecho en Deut. 26:14 se dice, (kodashim kalim) lo ajalti be-oní mimenu "(las ofrendas menores) no consumí de ellas cuando onén". Y aquí, en nuestra porción semanal, tanto Aarón como sus hijos estaban en estado de aninut, “duelo”.

Moisés debate con Aarón sobre la ofrenda jatat pero al final, vayishmá Moshé vayitab be-enav "escuchó (entendió) Moisés y le pareció bueno" (Lev. 10:20).

La Torá nos enseña así la importancia de la discusión respetuosa desde la divergencia de opiniones insalvable en nuestra naturaleza humana, señalando la centralidad compartida del texto pentatéutico con su desarrollo oral. Es tan importante escuchar. Nos enfrentamos a la Torá y tratamos de entender lo Divino, lo Eterno, y acogemos en nuestro corazón solamente su cola, o su oreja, o su trompa, o su lomo, como los ciegos ante el rey en la parábola de Buda. Podemos pasarnos horas y años y siglos discutiendo quién tiene la razón, encapsulados en nuestra visión parcial y sesgada del mundo que nos rodea. Pero cuánto más enriquecedor resulta el diálogo. Debatir y compartir las impresiones del ojo para que escuchen quienes nos rodean, y abrir el oído a las percepciones y relatos del "otro". Quien queda cegado por su visión personal cae en el fanatismo y el rechazo, aferrado a su verdad incompleta. El que sin embargo comparte y escucha enriquece y matiza su visión, y entonces ocurre el milagro: lo presente, aquello que se nos a-parece a los ojos, revela su más íntima naturaleza interior, se nos revela. Dejemos que el consejo de nuestras orejas complete la imagen que llega a nuestros ojos. La vida es diálogo. Existimos en la relación. Nos parece que somos quienes somos, cuando parte de quiénes somos es el cómo somos percibidos por otros.

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