Comentario a las Parshiot Vayakhel-Pekudé, por Adi Cangado

“Judaísmo: Tradición y Razón”

Por Adi Cangado


Comentario a las Parshiot Vayakhel-Pekudé


Esta semana leemos las parshiot Vayakhel y Pekudé juntas, y debemos aprovecharlo porque nos permite obtener un repaso amplio y conciso de los trabajos necesarios para la construcción del Mishkán y nos ofrecen dos paralelismos interesantes que arrojan luz sobre cuál es su significado.

De entrada debemos reconocer que el Mishkán o Tabernáculo poseía dos características que lo diferencian de cualquier otro espacio sagrado propio de los cultos de aquella época.

1) El Tabernáculo trata de ser un sustituto del Monte Sinaí, un mishkán ha-edut, “el lugar en el que reside (permanece) el testimonio”. La palabra testimonio, edut (עדות), procede de ed (עד) “testigo”, desde la raíz más antigua ud (עוד) con el significado de “regresar”, “repetir”, “hacer otra vez”, y de ella tenemos también edá (עדה) “comunidad”. En siríaco deriva hacia “estar acostumbrado” y también “uso/costumbre”, e incluso “fiesta” al igual que en el hebreo bíblico id (עיד). En comunidad los seres humanos somos testigos los unos de los otros.

2) El Tabernáculo no es supraterrenal sino una metáfora de la Creación misma. Mishkán (משכן) es el lugar en el que se reside. Procede de shaján (שכן) “habitar”, “asentarse”. Nuestros antepasados habitaban en tiendas: la tienda nos rodea y nos cubre, nos con-tiene, al igual que el universo.

En primer lugar nos fijaremos en el paralelismo que existe entre la experiencia de Moisés subiendo al Monte Sinaí y entrando en la Tienda de Reunión (que encontramos en Éx. 17-24/Éx. 25 y Éx. 40/Lev. 1 respectivamente). En el Monte Sinaí la Torá nos dice:

“Y Moisés subió a la montaña y la nube cubrió la montaña.” (Éx. 24:15) “Y la Presencia del Eterno (descansó) en el Monte Sinaí, y la nube lo ocultó durante seis días.” (24:16) “Y (Él) llamó a Moisés en el séptimo día desde el interior de la nube.” (24:16) “Y se apareció la Presencia del Eterno como un fuego consumiendo la cima de la montaña ante los ojos de los hijos de Israel.” (Éx. 24:17) “Y habló el Eterno a Moisés diciendo:” (25:1) “Habla a los hijos de Israel y Me traerán una ofrenda.” (25:2) “Y harán para Mí un santuario y residiré entre ellos (en su medio).” (25:8)

Comparemos el texto citado con la siguiente selección que procede de la construcción e inauguración del Mishkán:

“Y la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la Presencia del Eterno llenó el Tabernáculo.” (Éx. 40:34) “Moisés no pudo entrar en la Tienda de Reunión, porque la nube descansaba sobre él (sobre el Mishkán) y la Presencia del Eterno llenó el Tabernáculo” (40:35). Durante todos los años de travesía del pueblo en el desierto, cuando el Tabernáculo era desmantelado la Torá dice: “Cuando la nube se alzaba de encima del Tabernáculo, los israelitas debían partir en todos sus viajes,” (40:36) “pero si la nube no se levantaba, ellos no partían hasta el día en el que se alzaba (la nube).” (40:37) “Porque la nube del Eterno estaba sobre el Mishkán por el día, y había fuego dentro de él por la noche, ante los ojos de todas las casas de Israel durante todos sus viajes.” (40:38) “Y llamó (el Eterno) a Moisés” (Lev. 1:1) “y habló el Eterno a él (a Moisés) desde la Tienda de Reunión diciendo:” (Lev. 1:1) “Habla a los hijos de Israel y diles, «Cuando uno de vosotros traiga una ofrenda…».” (Lev. 1:2)

El primer paralelismo se establece, por lo tanto, entre Moisés subiendo al Monte Sinaí y Moisés entrando en la “tienda de reunión”, en hebreo ohel moed, en donde encontramos la palabra moed (מועד) relacionada también con edut (עדות) y con edá (עדה).

En segundo lugar vamos a fijarnos en la similitud entre el relato de la Creación y la construcción del Tabernáculo:

“E hizo (ויעש) Dios el firmamento.” (Gén. 1:7) Durante el relato de la Creación se usará el verbo asá '-s-h (עשה) seis veces, pero también más adelante cada vez que se la recuerda. “Pues en seis días el Eterno hizo (עשה) el cielo y la tierra” (Éx. 20:11), “y descansó el séptimo día” (20:11). “Y fueron completados (ויכלו) los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos” (2:1). “Y concluyó (ויכל) Dios en el día séptimo el trabajo que había hecho (עשה)” (Gén. 2:2), “y vio Dios todo lo que había hecho (עשה) y he aquí (que era) muy bueno” (1:31) “y bendijo (ויברך) Dios el séptimo día” (2:3).

Comparemos esta selección de versículos sobre la Creación con la siguiente referida a la construcción del Tabernáculo:

Ve-asú (ועשו) Y harán ('-s-h) para Mí un santuario y residiré entre ellos (en su medio)” (Éx. 25:8). Durante el relato de la construcción del Mishkán, el verbo asá (עשה) aparece doscientas veces. “La Presencia del Eterno se asentó en el Monte Sinaí, y la nube lo ocultó por seis días” (24:16), “y el séptimo día llamó a Moisés del medio de la nube” (24:16). “Así fue completado (ותכל) todo el trabajo del Tabernáculo de la Tienda de Reunión” (39:32), “y terminó (ויכל) Moisés el trabajo” (40:33), “y Moisés vio que habían llevado a cabo todas las tareas” (39:43), “así como el Eterno había ordenado, ellos habían hecho asú (עשו) y Moisés los bendijo (ויברך) a ellos” (39:43).

Si lo desgranásemos detenidamente en hebreo, comprobaríamos la similitud en los verbos que se utilizan en los dos relatos.

En el primer caso el Mishkán es comparado con el Monte Sinaí. ¿Por qué? El Tabernáculo era como un Sinaí móvil o portátil que les acompañaba en su viaje. La experiencia en Sinaí se transportaba así a cada día, cada año, a cada instante del ciclo de la vida y por todas las generaciones, así como el Mishkán se monta y desmonta en toda la travesía por el desierto, viaje que es también una metáfora de la travesía de la vida, y del crecimiento y el desarrollo espiritual y ético. La Torá (y su símbolo y metáfora, el Monte Sinaí) no fue comunicada allí, al pie de la montaña, para quedar encorsetada en el hermetismo de una ubicación imprecisa ni en un episodio ya pasado y por ello irrepetible. No. La Torá continúa siendo revelada a través de Moisés durante toda aquella travesía y a través del Mishkán, es decir, que se revelaba donde y cuando los israelitas estaban/habitaban.

En esta primera metáfora nos encontramos con la idea de revelación/inspiración divina en su dimensión de lo recibido, a través de la cadena de transmisión cultural: el pueblo de Israel sigue estando ante el Monte Sinaí cada vez que vuelve sobre la Torá para que ésta siga siendo un árbol de la vida. El Monte Sinaí quedó en su ubicación física y en la memoria del pueblo judío y del relato de su pasado, pero el Mishkán les acompañó después en la travesía por el desierto. Del desierto pasó a Shiló y más adelante se construiría el Templo de Jerusalén, dos veces destruido debido a la separación y las luchas intestinas e injustificables entre judíos. La memoria histórica, el legado de los antepasados y la tradición se convierten así en un pozo de aguas vivas en el que cada generación se detiene para beber. La tradición se compone de las enseñanzas de nuestros antepasados como instrumento para entender la Torá.

En la segunda comparación el Mishkán se nos presenta como algo muy diferente a los lugares de culto de otros pueblos de aquella época. Para otros pueblos el “templo” era considerado como un lugar para la divinidad, organizado bajo los parámetros y la estructura del dios o diosa, y habitualmente emulaba un universo supraterrenal o “no de este mundo”. Sin embargo el Mishkán es una metáfora de la Creación misma, es una recreación del mundo, del universo. En el segundo mandamiento se prohíbe a Israel hacer imágenes o representaciones de lo que está en los cielos arriba, en la tierra debajo, o en las aguas bajo la tierra (Éx. 20:4), es decir, a imagen de aquello que es “parte de”, separado/delimitado en su ser/estar en el universo, pero el Mishkán imita al conjunto del universo, es decir, a la Creación en su totalidad.

En esta segunda metáfora nos encontramos con la idea de revelación/inspiración divina en su dimensión de lo aportado: en cada instante el Universo, la Creación, nos interpela y transmite valores pues el ser humano ha sido dotado de raciocinio, de capacidad para entender, de sabiduría. La tradición por sí sola no es suficiente para que la Torá siga insuflando enseñanzas que den aliento al ser humano. La experiencia en Sinaí no fue suficiente para que Betsalel ben Urí y Aholiab ben Ajisamaj hiciesen su labor a la hora de confeccionar los elementos del Mishkán. En el capítulo 31 de Éxodo se nos relata cómo Dios le pide a Moisés que encargue dicha tarea a estos hombres, de entre todo el pueblo de Israel que había estado al pie de la montaña, porque poseían rúaj Elohim bejojmá u-bitbuná u-bedáat “hálito de lo Divino, con sabiduría y con entendimiento y con conocimiento” (v. 3), u-beleb kol jajam leb natati jojmá “y en el corazón de todo sabio de corazón he inculcado sabiduría” (v. 6). La razón humana sirve de contrapeso a la tradición.

Ambos ingredientes son necesarios para atender correctamente a la llamada: tradición y razón, memoria y contexto, el Monte Sinaí y la Creación, pasado y presente. Las dos corrientes desembocan en el Mishkán.

Pero el judío moderno que no tiene Mishkán en el desierto ni Templo en Jerusalén, ¿en dónde debe buscar la Presencia de lo Divino?

Las lecturas de esta semana comienzan así: Vayakhel Moshé et kol adat bené Yisrael “Y llamó a reunirse Moisés a toda la comunidad de los hijos de Israel” (Éx. 35:1). Vayakhel (ויקהל) procede de la raíz kahal (קהל) “reunir” que a su vez procede de kol (קול) “voz”: es llamar a reunirse, llamar a juntarse. De esta misma raíz también procede kehilá (קהילה), es decir, la comunidad judía reunida. Es muy interesante que también en castellano tengamos la palabra con-vocar, es decir, reunir a través de la llamada, de la voz. ¿Hasta qué punto se mantienen las dos metáforas explicadas más arriba en la sinagoga moderna, la kehilá? Si nos fijamos detenidamente, descubrimos que la sinagoga representa un paso más hacia la madurez, un paso adelante que supera y mejora los paralelismos del Mishkán y después del Templo.

En primer lugar, la sinagoga es un lugar de reunión, de testimonio, o mejor aún de encuentro, ¿de quién? De Israel con la Presencia divina, es decir, de Israel con Israel a través de la Torá, que sigue siendo interpretada y desarrollada, completando la tarea de revelación mediante su adaptación al lugar y a la época. En segundo lugar, la sinagoga es parte de la Creación misma, reside en su seno. Por eso si no puedes rezar en la casa de oración, entonces ve y reza entre los árboles; pero si no puedes rezar allí, entonces ve y reza recostado en cama; pero si no puedes rezar aun así, medita en tu corazón.

Cuando Dios le pide a Moisés que construyan para él un santuario les dice: ve-asú li Mikdash ve-shajanti betojam “y harán para Mí un santuario y residiré entre ellos (en su medio)” (Éx. 25:8). No dice bo “en él” ni tampoco betojó “dentro de él”, sino betojam “entre ellos (en su medio)” o mejor aún “dentro de ellos”, para enseñarnos que lo Divino no reside en un lugar concreto: ya sean el Mishkán o después el Templo o los edificios de las sinagogas. Sino que Dios reside en los espacios que quedan entre las personas y en las relaciones que establecen entre ellas y así, a través de la relación y el encuentro de uno con el otro, también dentro de nosotros, en nuestros corazones, entra la Presencia divina. Así nos decía el Rabí Yehudá Leib Alter. Para él, el Eterno reside en el interior de cada individuo, de cada judío (T'rumah 5633), siendo a través de nuestras acciones que lo inanimado cobra el potencial suficiente para cumplir su misión en la voluntad divina.

A pesar de la evolución que se ha experimentado y de los cambios, la llamada sigue siendo válida y conserva todo su sentido y su fuerza: “Vayakhel Moshé et kol adat bené Yisrael Y llamó a reunirse Moisés a toda la comunidad de los hijos de Israel y les dijo: «Estas son las palabras que ordenó el Eterno que debemos hacer la-asot otam»” (Éx. 35:1). La-asot (לעשות), hacer. La llamada sigue siendo la misma y el cometido sigue siendo el mismo. Pero, ¿qué es lo que debemos hacer? Me gustaría recordar aquí estos versos del profeta Miqueas (6:6-8):

“¿Con qué debo llegar ante el Eterno, inclinarme ante Dios Altísimo? ¿Debo ir ante Él con holocaustos, con becerros de un año? / ¿Será el Eterno complacido con miles de carneros, con innumerables corrientes de aceite? ¿Debo dar a mi primogénito por mi transgresión, al fruto de mi cuerpo por el pecado de mi alma? / Te ha sido dicho, ser humano, qué es bueno y qué lo Eterno busca de ti: hacer (עשות) justicia, amar la bondad y caminar discretamente (es decir, con modestia hacia el exterior y humildad en el interior) con tu Dios.”

Tradición y razón, pasado y presente, testimonio (comunidad) y llamada (autonomía personal), todo ello equilibra la balanza en el judaísmo. La tradición no está por lo tanto exenta del escrutinio de la razón. Es más: la razón la nutre, enriquece y mantiene viva.

Sin más os deseo que tengáis paz en el Shabat. ¡Shabat Shalom u-meboraj!

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