Comentario a la Perashat Yitró, por Adi Cangado

«Y Dios dijo “Anojí”»

Por Adi Cangado


Comentario a la Perashat Yitró

Esta semana leemos una de las parshiot más importantes de todas: la Perashat Yitró. En ella se nos relata la llegada de Israel al Monte Sinaí y la recepción de los diez mandamientos. Sin embargo, ¿por qué una perashá tan relevante lleva el nombre de alguien que no era parte del pueblo de Israel? Podemos elegir la explicación más sencilla y decir que se debe a que en el comienzo de esta porción semanal se habla de la llegada del suegro de Moisés, Yitró, al campamento de Israel. Sin embargo la tradición nos invita a una lectura más profunda.

De acuerdo al Zóhar, Yitró se convirtió al judaísmo en este preciso momento. Pero nos dice más. De no haberse convertido Yitró al judaísmo, Dios no habría podido dar la Torá al pueblo de Israel. ¿Por qué?

Yitró, su hija Tsiporá, que era la esposa de Moisés, y los hijos de ésta (Guershom y Eliézer), llegan al lugar en que Israel estaba asentado, vayishtaju vayishak lo vayish'alú ish lere'ehu leshalom “y se postraron [Moisés y Yitró] y le besó y se preguntaron uno a otro [lit. “cada hombre a su amigo”] por su bienestar [lit. leshalom “por la paz”]” (Éx. 18:7). Cuando Moisés encuentra a Yitró después de haber huido de Egipto, era Yitró quien merecía especial reverencia. Sin embargo aquí es Yitró quien acude ante Moisés, el hombre que ha liderado a Israel hasta este lugar. El versículo no nos dice quién se postró ante quién, pero tampoco importa. Este gesto abre el capítulo de la recepción de la Torá pues “sus caminos son caminos placenteros y todos sus senderos son paz” (Prov. 3:17).

La paz alumbra la unidad. La paz, shalom (שלום), trae compleción, shelemut (שלמות). Lo completo, shalem (שלם), es señal de la unión entre los dispares, de la armonía. Moisés y Yitró se saludan en paz, y en paz y unidos llegarán los israelitas ante la montaña.

Es en este instante en el que Yéter (יתר), suegro de Moisés, se convierte al judaísmo, pasando su nombre a ser Yitró  (יתרו), añadiéndose la letra vav a su nombre. Así lo interpreta Rashi, quien también nos dice que a partir de este momento fue llamado Jobab, “amante”, pues jibab “amó” la Torá.

Los versículos clave para entender la afirmación del Zóhar vienen a continuación. Yitró pronuncia las siguientes palabras, Baruj ha-Shem asher hitsil etjem miyad Mitsrayim umiyad Paró / (...) Gadol ha-Shem mi kol ha-elohim “Bendito es Yod-He-Vav-He (el Nombre), que os liberó de la mano de Egipto y de la mano del Faraón / (...) Grande es Yod-He-Vav-He (el Nombre) más que todos los dioses” (vv. 18:10-11).

Cuando escuchábamos por primera vez a la Torá hablar del suegro de Moisés, se nos presentó a un sacerdote de Midián, a un líder de su pueblo. Cuando hace tal afirmación, diciendo que el Eterno, el Nombre impronunciable de Dios Yod-He-Vav-He, es más grande que todos los “dioses”, debemos interpretarlo de manera alegórica. Yitró era seguramente un hombre muy sabio, que habría estudiado en profundidad los elohim, literalmente, los “dioses” o mejor aún los “poderes” o las “fuerzas” que actúan en la naturaleza y en el universo. Después de haber adorado a todos los ídolos, de haberlos estudiado, de haber escudriñado en las leyes del universo, Yitró llega a la conclusión de que existe solamente lo Uno, el Santo, Bendito sea Su Nombre, la Unidad absoluta en la que habita todo cuanto existe.

A través de la transformación de Yéter en Yitró  no solamente observamos la conversión de un hombre sabio al monoteísmo, sino también una conversión interior, más sutil. ¿Qué es una vav, la letra que se añade a su nombre? La vav (ו) es una yod (י) que baja hasta el suelo. La yod simboliza lo intelectual, lo abstracto. Cuando la yod baja al suelo, simboliza la llegada del pensamiento humano a conclusiones reales, prácticas, que le sirven para mejorar su comportamiento y santificar su vida. Esa conversión down-to-earth es una actitud diaria, que obtenemos a través del estudio de la Torá, la oración y las buenas obras (Likuté Sijot, vol. 11).

Como judíos, es precepto que apliquemos esa fórmula a nuestra vida entera. Cada día debe transformarse en un acto de conversión, cada acto y cada palabra y pensamiento deben simbolizar esa actitud de conversión. Así lo explicaba también Martin Buber. La transformación de una yod en una vav es muy importante: traemos lo abstracto (lo que aprendemos fruto del estudio, la reflexión o la contemplación) a la vida cotidiana a través del cumplimiento de los preceptos y de las buenas obras.

A través de la contemplación y del estudio, Yéter había intentado alcanzar la yod (י) hasta que comprendió que ésta desciende hasta la tierra convertida en vav (ו) y entonces su nombre fue Yitró. Al igual que en la metáfora talmúdica, de nada sirve que un árbol sea frondoso (las ramas y las hojas simbolizan el conocimiento teórico) si las raíces (las acciones, el comportamiento) son escasas. El viento pasa y lo arranca del suelo. Pero si el árbol tiene raíces fuertes y profundas, el viento no se lo lleva.

Hace algunas semanas leíamos cómo Dios le decía a Moisés que Su nombre era ehié “seré” (אהיה). El nombre de cuatro letras (י-ה-ו-ה), esa fórmula impronunciable, es en realidad la superposición visual de hayá “(Él) fue” (היה), hové “(Él) es” (הוה) y yihié “(Él) será” (יהיה). Por eso el nombre de cuatro letras es inefable. Pero cuando habla a Moisés, Dios insiste en el futuro, ehié “seré”, es decir, que Dios yihié “será” (יהיה). ¿Qué será? La yod desciende hasta el suelo y se convierte en una vav: י-ה-ו. Es decir, que al menos en una de las letras del Nombre, lo que Dios será depende de las acciones humanas.

¿Dónde habita Dios? Su lugar no está en Su mundo, sino Su mundo en Su lugar. El Dios de la Torá no es contenible en figuras, imágenes o símbolos, no habita los templos ni tampoco los altares, no ocupa el espacio o la naturaleza. No es/está en sino cuando. Está en la vav, en la “y”, entre los seres humanos y en las relaciones que establecen entre ellos y por lo tanto en el tiempo, en la duración, en el encuentro que es en el presente, pues es en el presente, en el encuentro, en donde acontece el tiempo. Él es la Fuente de la que emana el universo (en hebreo olam, “siempre”, noción temporal), es la misma Fuerza que lo impulsa y lo transforma, pero que también actúa a través de las personas empujándolas hacia la bondad y la justicia, hacia la reparación del mundo. La yod baja hasta la tierra y se convierte en una vav, porque el judío se siente inspirado e interpelado por ese Manantial del universo y, consciente de que el mundo no es perfecto, de que está fracturado, y de que la humanidad está dividida, acepta como pacto el cometido de reparar, de reconstruir. Y esta labor se desarrolla en el tiempo: el tiempo acontece en ella. En la obra de los Profetas, la misión de Israel se dirige a toda la humanidad y el pueblo de Israel se convierte en una luz para las naciones. En el tiempo que deviene, que deviene en cada instante, Israel sitúa su cometido: la reunificación de las vasijas. Pues cada instante presente fue futuro.

No es fácil ser un ejemplo para los demás, y si es precepto ser una luz para las naciones tendremos que esforzarnos en ser una lámpara que no tenga fisuras, que no esté rota, que sirva para contener y alimentar esa luz. ¿Podemos lograrlo? ¿Superaremos nuestras diferencias para ser una luz de las naciones? Israel debe ser uno para inspirar a una Humanidad reconciliada. Dice Zejariá, bayom hahú yihié Adonay ejad u-shemó ejad “en ese día será Dios Uno y Su Nombre uno” (v.14:9).

Resulta revelador que antes de recibir los diez mandamientos, cuando el pueblo de Israel acampó en el desierto, después de dejar atrás a Yitró, el versículo dice (v. 19:2): “Y (ellos) viajaron desde Refidim, y (ellos) llegaron al desierto de Sinaí vayajanú y (ellos) acamparon en el desierto, vayaján y acampó allí Israel frente a la montaña”. Viajaron divididos, llegaron divididos, acamparon divididos, pero después, en el instante decisivo, ante la montaña, fueron uno: un pueblo unido. El texto cambia del plural al singular, de vayajanú a vayaján. Y allí, un pueblo unido, que ya es un “tú” y no un “vosotros”, pudo entonces escuchar/entender la primera palabra de Dios: Anojí “Yo”. Yo para ti, un Dios que es Unidad más allá de cualquier sentido numérico y un pueblo, Israel, unido en la relación a pesar de la adversidad y la diversidad. 

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