Comentario a la Perashat Tetsavé, por Adi Cangado

“Santo, santo, santo”

Por Adi Cangado

Comentario a la Perashat Tetsavé

Cuando revisamos el libro de oraciones encontramos muchos textos que definen a Dios como “Santo” y que, además, constituyen partes fundamentales del servicio diario, del Shabat y de las fiestas: el Kadish, la Kedushá, el Kidush, … En todas ellas resuena la raíz de la palabra kadosh, “santo”.
Esta semana leemos la Perashat Tetsavé y también aparece en ella con insistencia esta idea de kedushá, “santidad”. La mayor parte de la narración se centra en la elaboración y descripción de las bigdé kódesh “vestiduras santas” (Éx. 28:2, 4; 29:21, 29) que deberán llevar Aarón y sus hijos, es decir, los kohanim o casta sacerdotal del antiguo Israel. ¿Para qué servían estas vestiduras? Lekadeshó lejahanó li “para santificarlo (a Aarón), para que realice su servicio como kohen, para Mí” (Éx. 28:3). También el lugar que será consagrado para el servicio a Dios es llamado kódesh “santo” (Éx. 28:29, 35, 43, 44). Aarón se acercará a Dios con una placa dorada en la frente que dirá kódesh la-Shem “santo para el Nombre” (Éx. 28:36): ¡curiosa presentación! Lo llevará grabado en la frente. Las ofrendas que se requerirán para la investidura de los kohanim también son llamadas kodashim, es decir, se trata de ofrendas santas (Éx. 28:38; 29:27, 34). Moshé llenará las manos de Aarón y de sus hijos con estos sacrificios ve-kidashtá otam ve-jihanu li “y los santificarás y realizarán su servicio como kohanim para Mí” (Éx. 28:41, 29:1). La carne de las ofrendas se cocinará bemakom kadosh “en un lugar santo” (Éx. 29:31), y Aarón y sus hijos deben consumirlas lekadesh otam “para santificarlos” (Éx. 29:33). El altar será kódesh ha-kodashim, lo más santo entre los objetos santos, hasta tal extremo que cualquiera que lo toca se hará santo (Éx. 29:37), nombre que también recibirá el lugar más sagrado dentro de la tienda de reunión (Éx. 30:10).
Pero, ¿qué significa kadosh “santo”? Cuando revisamos estos capítulos relativos a la construcción del Mishkán y a la consagración de los kohanim, los detalles nos reconstruyen costumbres y tradiciones que no diferenciaban realmente a los primeros israelitas de otros pueblos contemporáneos a ellos, es decir, acadios, cananeos y árabes. En todas estas culturas del Oriente Medio antiguo encontramos esta misma raíz k-d-sh (קדש), santificar, consagrar, es decir, separar, extraer de lo común para dedicar a un fin elevado, purificarlo o declararlo puro para entregarlo a la divinidad. Extraer algo o a alguien del mundo terrenal y dedicarlo, entregarlo para el servicio de lo celestial y de los seres celestiales, según la cultura de que se trate. Acadios y cananeos también compartían esta creencia. En la narración de la Torá ocurre de igual manera: el Mishkán, los kohanim, sus vestiduras, las ofrendas, todo ello es separado, dedicado al servicio de Dios, proclamado “santo”. Hasta la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 e.c., estas creencias conservaron su arraigo en el pueblo de Israel, y especialmente entre los sacerdotes, sobre todo saduceos, que con toda la pompa de una casta superior se mantuvieron apegados y atrapados por el Templo y sus sacrificios.
Esta idea de kedushá, “santidad”, se transformó completamente tras la destrucción del Templo. Incluso mientras el Templo de Jerusalén estaba en pie, los perushim "fariseos" reclamaron el atributo de santidad para todo el pueblo y no solamente para la casta sacerdotal y su servicio, tal vez atendiendo al versículo del libro de Éxodo (19:6) que dice: ve-atem tihiú li mamléjet kohanim ve-goy kadosh “y vosotros seréis para Mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo”. Atem “vosotros”, es decir, todo el pueblo de Israel, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, kohanim o no. En el lugar de las vestimentas sacerdotales colocaron un talit, el manto ritual; en el lugar de la placa dorada de Aarón las filacterias (los tefilín) de la cabeza; en el lugar de los guardianes del Templo de Jerusalén las mezuzot que protegían las casas; y la mesa en la que comían se convirtió en un altar y por eso se lavaban las manos ritualmente antes de comer tal y como se hacía en el Templo de Jerusalén antes de los sacrificios. Ellos creían que todo judío era un sacerdote y este sacerdocio popular era tan “santo” como lo era el de los kohanim. Para ellos todo el pueblo de Israel era kadosh “santo”. Pero el precio de dicha condición era la separación, la segregación. Para ser “santos” debían ser distintos y estar separados del resto de los pueblos. El término parush (פרוש), “fariseo”, está relacionado con perishá (פרישא) “separado” en arameo. La raíz p-r-sh (פרש) significa separar, especificar, diferenciar, y también desmenuzar o desgranar, de ahí que lefaresh (לפרש) sea también “interpretar”; de ella procede también perashá (פרשה) “porción”. Esta santidad a través de la separación, de la diferenciación, fue común en otras sectas judías de la época del Segundo Templo, como por ejemplo la de los esenios.
¿Qué significa realmente la kedushá, la “santidad”? ¿Cómo entenderla o definirla para que llegue al corazón del judío moderno? Tal vez la respuesta tengamos que buscarla en los profetas. A pesar de que su obra es anterior al judaísmo rabínico, su interpretación sobre qué es kadosh “santo” es más terrenal y además fue ésta precisamente la noción que quedó reflejada en el libro de oraciones. En el Kadish decimos yitgadal ve-yitkadash shemeh rabá “enaltecido y santificado (sea) Su Nombre grande”, cumpliendo así el dictado de Ezequiel (v. 38:23) en donde Dios dice ve-hitgadilti ve-hitkadishti ve-nodati le-ené goyim rabim “Me enalteceré y Me santificaré y Me daré a conocer a los ojos de muchas naciones”. ¿Cómo se engrandece Su Nombre? ¿Cómo se santifica Su Nombre? Dándolo a conocer a todos los pueblos. Entre lo Divino y lo humano, en este versículo, encontramos tres verbos que funcionan como tres escalones. Desde el lugar en el que está el ser humano, con sus pies en el suelo, los tres verbos deben leerse en el sentido contrario (hacia atrás) y el primer escalón es ejemplificar en su vida las enseñanzas que Dios le inspira, y así santificarlo, y así Dios será enaltecido. Pero, ¿qué tipo de enseñanzas apuntan a la kedushá, a la “santidad”? Isaías nos da la respuesta (v. 5:16): ve-ha-El ha-Kadosh nikdash bitsdaká “y Dios Santo es santificado a través de la tsedaká justicia”.
¿Podemos ser santos? ¿Es posible ser perfectos? Los profetas sabían que la respuesta era “no”. Sin embargo existe un camino hacia el perfeccionamiento humano a través de la rectitud, de la verdad (la honestidad, la sinceridad), de la justicia y de la paz. En el capítulo 19 del libro de Levítico, compuesto o recopilado en fecha tardía y muy próxima a la época de Ezequiel, se dice kedoshim tihiú ki Kadosh Aní “seréis santos porque Yo soy Santo” (v. 19:2). Aquí la Torá interpela a todo el pueblo de Israel y, a través del pueblo judío, también a toda la humanidad. ¿Cómo ejemplificar el camino de lo Divino? Los versículos siguientes nos dan algunos ejemplos: respetar a los padres; celebrar el Shabat y las fiestas; rechazar la idolatría y la superstición; ayudar a los pobres y cuidar del anciano, de la viuda, del huérfano y del discapacitado; no robar, no mentir, no obrar con falsedad; no usar a Dios para justificar nuestros errores o crímenes; no oprimir al prójimo; pagar puntualmente su salario al empleado; no permanecer impasible ante el sufrimiento ajeno; amar al otro, al próximo y al lejano, al semejante y al extranjero; ser justo. Pues luchar por la justicia social, por la paz, por la tolerancia, implica siempre una renuncia y la renuncia es una forma de santidad. Cuando separamos partes de tiempo para descansar y disfrutar (el Shabat), para celebrar y conmemorar (las fiestas), para rezar, lo separado (estos tiempos dentro del tiempo) queda dedicado y dichas ocasiones merecen el atributo de “santas” y por eso decimos: Shabat kódesh, mikraé kódesh, … Dejando espacio para el otro, para que el otro pueda vivir, construimos espacios “santos”: desde el respeto a la diversidad y a la inclusión nacen así kehilot kedoshot. Cuando cogemos de la mano (es decir, ayudamos) al desvalido, al débil, al anciano, a nuestros padres o hijos, parejas, amigos, llenamos nuestras manos con las suyas: nuestras manos se llenan como en el rito de miluím que la Torá describe esta semana. ¿Y la Torá? ¿Por qué también ella es kedoshá “santa”? Porque nos ha dejado un margen, un espacio que es kadosh “santo”. No tiene vocales, ni signos de puntuación, ni notas musicales. Está retirada, contraída en el rollo; se encoge para que el koré “lector” le de vida: está incompleta sin el lector, como un piano cuando el pianista comienza a tocar. La santificamos a través de la lectura, de la comprensión, de la interpretación, y cuando la trasladamos al día a día, al pensamiento, a nuestra boca y a nuestras manos.
La justicia es, para los profetas, el camino que lleva a la santidad. El judaísmo de los profetas apela al comportamiento, a las acciones humanas, a la vida diaria, a lo posible, desde el lugar y las circunstancias que nos han tocado. Todos podemos, realmente, poner un granito de arena y dejar, el día de nuestra partida, al menos “una esquina del campo” transformada en un lugar mejor. En nuestro interior, en nuestros pensamientos, palabras y acciones, en el corazón, en el interior del hogar, en nuestra comunidad. El prójimo del que habla la Torá está próximo a nosotros, pero para verlo, como Dios vio a Hagar en el desierto, y así ayudarlo, debemos abrir los ojos, escuchar y prestar atención.

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