Comentario a la Perashat Terumá, por Adi Cangado

“Las cosas hechas de corazón”
Por Adi Cangado

Comentario a la Perashat Terumá

¿Recordáis cuando éramos niños y en la escuela los maestros nos pedían como “deberes para las vacaciones” la lectura de un libro? A mí me horrorizaba, no porque no me gustase leer pues siempre me ha apasionado la lectura y siempre he leído con un lápiz y una libreta en la mano, tomando notas o incluso añadiendo mis comentarios al propio texto en los márgenes de las páginas. Pero cuando llegaban las vacaciones me costaba muchísimo coger aquellos libros obligatorios y pasar cada página era una pesadez. Prefería sentarme en la alfombra que teníamos en el salón, enfrente a la estantería, y ojear páginas de la enciclopedia. Podía pasarme horas enteras saltando de tomo en tomo. Muchas veces tenía que apurar aquellas lecturas obligatorias en los últimos días y, a pesar de no ser un cafre como alumno, mis trabajos sobre estas lecturas solían ser bastante mediocres. Si me gustaba leer, ¿por qué me aburrían aquellos libros? Me aburrían porque yo no los había escogido.
Esta semana leemos la Perashat Terumá. En ella se dan los detalles de los objetos del Mishkán, el templo portátil que acompañará a los hijos de Israel en su travesía por el desierto. Pero en este punto la Torá está dando un salto en el tiempo, pues en el Midrash (Tanjumá, Terumá 8) se nos relata que estos preceptos relativos al Mishkán fueron dados a Israel después del traumático episodio de la adoración del becerro de oro:
El Santo, Bendito sea Él, dijo: “Que el oro usado para el Mishkán expíe por el oro que se usó para hacer el becerro”.
¿En qué se diferencia el oro entregado para fabricar el becerro y el oro donado después para el Mishkán?
En el primer caso Aarón le dice al pueblo: “Retirad los aretes de oro que están en las orejas de vuestras esposas, vuestros hijos y vuestras hijas y traedlos (esos pendientes) a mí” (Éx. 32:2). “Y todas las personas se quitaron los aretes de oro que estaban en sus orejas y los trajeron a Aarón” (Éx. 32:3). Con el oro Aarón fabricó el becerro o ídolo que los israelitas adorarían rompiendo el primer y el segundo mandamiento. Aarón ordena, el pueblo obedece.
En el caso del Mishkán, con el que comienza la porción de esta semana, ocurre de manera radicalmente distinta.
Y habló Adonay a Moisés diciendo:
“Habla a los hijos de Israel ve-yikejú li terumá y que traigan para mí una donación, kol ish asher yidebenu libó de cada persona aquello que su corazón le inspire a dar generosamente tikejú et terumatí tomarás Mi donación”.
(Éx. 25:1-2)
Rashi traduce la palabra terumá (תרומה) como “separación”, es decir, una persona separa una parte de lo que es suyo y lo entrega. Pero la Torá nos dice kol ish asher yidebenu libó “de cada persona aquello que su corazón le inspire a dar generosamente”; se trata por lo tanto de un acto de nedabá, expresión de buena voluntad: un regalo, algo voluntario. Pues solamente si lo hacen desde el corazón, voluntariamente, su acto de dar les eleva, de larum (לרום) “elevar”, “subir”. Lo que damos/hacemos desde el corazón, porque nuestra conciencia nos inspira a ello, también nos eleva como personas.
El becerro de oro se fabricó confiscatoriamente; el Mishkán fue el resultado de aportaciones que nacían de la voluntad personal. El becerro de oro les rebajó, les condujo al desastre, mientras que el Mishkán les acompañará e inspirará durante los años en el desierto.
Lo más interesante de estas aportaciones voluntarias es que no cesaban, hasta el punto de que acabaron siendo superiores a aquello que se necesitaba. Más adelante, en el capítulo 36, Moisés les pide que cesen las aportaciones, “y ordenó Moisés y ellos (los sabios) anunciaron en el campamento diciendo «ish ve-ishá al yaasu od melajá literumat ha-kódesh que ningún hombre y ninguna mujer realicen más labores para la terumat ha-kódesh la donación de lo Santo», y el pueblo dejó de traer” (Éx. 36:6).
Aquello que damos desde el corazón o que observamos desde el corazón, desde la voluntad personal, desde la honestidad intelectual, por conciencia, no solamente nos eleva como individuos y como pueblo, sino que, en realidad, excede lo que lo Divino demanda de nosotros, es decir, cumple con creces las expectativas que Dios tiene sobre nosotros. Los sabios dicen a Moisés en el desierto que la gente estaba trayendo demasiado, más incluso de lo necesario para concluir las labores que Dios les había ordenado (Éx. 36:5).
¿Y de la obligación? ¿Qué podemos decir de ella? Si creemos por mandato, si cumplimos porque nos obligan, si observamos hasta el más mínimo de los detalles simplemente porque “Dios lo ordenó”, descendemos a la catástrofe espiritual que simboliza el becerro de oro: ese “judaísmo” se convierte en idolatría cuando no nace en el corazón, es abodá zará “un servicio extraño”, extraño para Dios y extraño para nosotros.
Deberíamos traducir mitsvá no como “precepto” (commandment) sino como “cometido” (commitment), porque Dios no es una persona, no es un hombre ni una mujer, y por lo tanto no ordena, ¡solamente las personas ordenan! El cometido, en cambio, es algo que la persona asume en su interior y se embarca en su persecución con alegría y plenitud de corazón. Entonces el día a día se embellece y nuestro judaísmo se convierte en algo que aporta un significado y un propósito a nuestros días y eleva nuestra vida.

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