"Shifrá y Puá: desobediencia y libertad", por Adi Cangado


   Los decretos del Faraón para exterminar a los israelitas no dan su fruto. Los israelitas siguen reproduciéndose a pesar de los trabajos forzados. Entonces llama a dos parteras hebreas, Shifrá y Puá (vv. 1:15-16): “Y dijo el rey de Egipto a las parteras hebreas, que el nombre de una era Shifrá y el nombre de la otra Puá. / Y dijo: «Cuando asistáis a las hebreas en el parto y veáis al ha-abnayim, si es niño lo mataréis y si es niña dejad que viva».”

   Los primeros shemot, nombres, de dos mujeres que sí son libres pues conservan su humanidad en medio del terror.

   No es fácil de traducir la expresión al ha-abnayim. Podría estar relacionada con eben “piedra” [אבן], en su forma dual abnayim [אבנים] haciendo referencia a alguna clase especial de asiento que se usase entonces para las mujeres que van a parir. Pero también podría venir de abén [אבן], un posible alomorfo de ben “hijo” [בן] con una letra alef [א] prostética (similar a ibn en árabe). Tal vez lo que el Faraón desea es que las parteras asesinen a los niños tan pronto puedan, es decir, tan pronto comprueban que tal es el sexo del bebé que está por nacer. Así lo entiende también la tradición midrásica. Esa parece una traducción más correcta que el “asiento de dos piedras”.

   ¿Qué esconden sus nombres? Shifrá significa en hebreo “belleza” (ver por ej. Gén. 49:21), del verbo shafar “agradar” o “encantar” (como en Salm. 16:6). También podemos traducirlo como “resplandor” (ver Job 26:13). En cuanto a Puá podría tener relación con el verbo paá “sollozar” [פעה] como en el versículo 42:14 del libro de Isaías, pero esta relación no es segura. Bella  una de ellas a pesar de la dureza de los trabajos a los que sometían a los hebreos y de aspecto duro y triste la otra, pues el sufrimiento deja en el rostro la huella del realismo y en cada arruga quedan marcadas las injusticias que el ojo observa.

   El rey de Egipto ordena a las parteras que asesinen a los niños varones hebreos, pero ellas desobedecen. Cuando el Faraón les pide una explicación, ellas mienten. Pero no lo hacen solamente por ser mujeres o por su labor (dedicadas plenamente a ayudar a nacer, y por lo tanto a ayudar a vivir, y no a matar) sino porque “temían las parteras a D's” (v. 1:17). El Eterno toma nota de la buena obra de estas mujeres y las recompensa dándoles también a ellas un hogar (vv. 1:20-21), “E hizo bien D's para las parteras y multiplicó al pueblo y se hicieron muy fuertes. / Y ocurrió, debido a que temían las parteras a D's, que hizo para ellas hogares.”

   Al ver que su plan ha fracasado de nuevo, el Faraón encarga esta vez a su pueblo que recorra Egipto y arroje al río Nilo a todo niño varón recién nacido de los hebreos, y que secuestren a las niñas para educarlas en la cultura egipcia (v. 1:22).

   Shifrá y Puá fueron mujeres justas que evitaron la masacre de miles de niños hebreos. Dice el Talmud de Babilonia que “en las épocas de peligro extremo el Eterno dio a las mujeres más sabiduría que a los hombres” (Nidá 45b).

   No es fácil sin embargo entender los planes del Faraón. Con mujeres tan decididas como estas, ¿por qué decide que son los niños varones los que deben morir? Abarbanel lo explica en dos sentidos: por un lado, los hombres son los que luchan en las guerras (suponiendo por ello mayor peligro para el rey) y por otro las mujeres podrían ser después asimiladas a la cultura mayoritaria, una vez casadas con hombres egipcios.

   Pero el Faraón estaba profundamente equivocado. Si hubiese sabido que las mujeres judías tenían aquella voluntad tan decidida de salvar a su pueblo, no habría dejado con vida a ninguna niña.

   Por otra parte, no es coincidencia que nuestras heroínas sean mujeres. La mujer es quien da a luz, quien da “a la vida”. La mujer tiene una mayor capacidad emocional para acoger en su seno al otro, como si fuese un hijo. Si repasamos otros relatos bíblicos, volvemos a toparnos con mujeres que mienten descaradamente para defender al débil y para salvar la vida del inocente (ver por ej. Josué 2:1-21; 1 Samuel 19:11-15, 17; o ídem. 17:20 en relación con 2 Samuel 17:18-20).

   A los ejemplos que hemos mencionado podríamos añadir muchos otros. El exilio de Egipto es el símbolo de todos los exilios que hemos sufrido como pueblo. Durante el Holocausto, se sabe que hubo mujeres que escondieron a sus hijos, incluso en los barracones donde familias polacas echaban la basura. Estaban allí durante días, semanas, … meses. Pero sobrevivieron muchos de ellos. Otras mujeres, que no eran judías, arriesgaban sus vidas paseando cerca de los alambres de los campos de exterminio y llegando a recoger a bebés que las mujeres judías retenidas daban a luz dentro, y así se salvaron. Muchas se reencontraron después con ellos. Otros se atrincheraron valientemente en el Ghetto de Varsovia, o se escondieron en los montes de Bielorrusia, … por citar algunos ejemplos. ¿Cómo reaccionar cuando nos vemos sometidos a leyes injustas?

   La Torá nos dice: desobedecer, mentir, luchar y resistir. Eso es lo justo cuando el mundo ejerce sobre el pueblo la opresión, el terror y el exterminio. Cuando un gobierno vuelca contra su chivo expiatorio de turno la ira, exprimiendo sus reservas básicas de libertad y suprimiendo su vida, el ser humano debe desobedecer. E incluso cuando dicha desobediencia sea ilegal, e incluso cuando sea un delito, e incluso si ello le supone la muerte, debe desobedecer. Pues dicha desobediencia civil (o incluso violenta) es legítima y necesaria.

   Lo contrario a resistir es limitarse a cumplir. Cuando el criminal nazi Adolf Eichmann fue juzgado en Jerusalem y le preguntaron por la autoría de los crímenes, él se limitaba a contestar que “cumplía órdenes”. ¿Es ese el ejemplo que la sociedad moderna quiere inculcar a las generaciones futuras? ¿el de un autómata sin conciencia que se limita a tramitar órdenes y a ejecutarlas incluso cuando se trata de crímenes brutales contra la humanidad? ¿Debemos permitir que la estructura kafkiana del sistema y las trampas del ordenamiento jurídico estrangulen la vida y la libertad? No. Ante la injusticia, o resistes y desobedeces (como te enseña la Torá) o te conviertes en Adolf Eichmann.

   El ser humano nace con plena capacidad natural para pensar y creer, hablar y escribir, para moverse, crear, o amar, para trabajar … para reunirse con sus semejantes y asociarse entre ellos con libertad; vive y puede santificar su vida con preceptos que lo eleven a los máximos estándares éticos y espirituales. Mientras sus actos no supriman ese mismo potencial en su prójimo, es decir, mientras que con sus obras no haga daño a los demás, su libertad es absoluta y ni quienes le rodean ni ningún gobierno tiene la más mínima legitimidad para invadir, vigilar, reducir o suprimir su esfera de libertad. Esta es la naturaleza de lo humano. La libertad se convierte así, en el relato del Éxodo, en la antesala necesaria de la recepción de la Torá y de la santificación del pueblo judío. La Torá es aquí la que nos llama a resistir, pues no podemos permanecer inmóviles ante el sufrimiento ajeno (se dice en el libro de Levítico).

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