Comentario a la Perashat Bereshit, por Adi Cangado



"En el principio"


Comentario a la Perashat Bereshit
Por Adi Cangado

   Bereshit. En el principio. Así comienza el relato de la Torá. El principio del relato es el relato del principio. La Torá dice "bereshit", es decir, en el principio de, pero falta el qué al que se refiere el principio. Nuestros sabios, de bendita memoria, dijeron: "(Dios creó el universo) para la Torá, llamada "reshit darkó", el principio de Su camino" (Prov. 8:22; Gén. Rabá 1:6; Lev. Rabá 36:4). Pues no pretende la Torá ser un relato de la Creación del universo mediante una secuencia científica, lineal o temporal, diciendo que en primer lugar creó (Dios) los cielos y la tierra. Aquí el principio es el inicio de Su camino, "darkó", ¿y cuál es el camino de lo divino sino la Torá?

   ¿Cómo está la tierra al principio del relato? "Tou vabou". "Tou", desolación, como la sensación de aturdimiento que causaría en el hombre si la hubiese mirado en aquel estado. En francés "étourdissement". "Bou", el vacío absoluto, la negación, el No, la Nada. Y la oscuridad se extendía sobre la faz de lo profundo, y el soplo de lo divino cubría aquella oscuridad como la paloma protege su nido. Pues el vacío es silencio y negación. El No se encierra en sí mismo, el No (el vacío) excluye y separa. Y en aquel No primigenio se pronuncia la primera palabra. "Y dijo Dios -Sea la luz- y fue la luz" (Gén. 1:3).

   En la tradición judía el universo es creado a través de la palabra y con la primera palabra nos encontramos ante un dilema porque la traducción no logra expresar plenamente el significado de este verso. La Torá dice: "Vayomer Elokim -Yeí or- vayei or". Cuando la Torá dice "vayomer" no es exactamente "y dijo", pues en el hebreo bíbico "yomar" es un tiempo inacabado que se sitúa en el futuro. Si el texto quisiese expresar un pasado concluido y lejano habría dicho "veamar", "y dijo". Pero si a un futuro abierto, inacabado, se le une la letra vav, la conjunción "y", símbolo de la relación, de la unión y del encuentro, entonces "yomar" se convierte en un tiempo pasado que continúa abierto hasta el instante presente. La relación, el encuentro, lo transforma todo. Así "vayomer", "y dijo" es un dijo entonces, y ayer, y también en este instante en el que estás leyendo ahora, y será mañana.

   "Yeí or vayei or", sea la luz y fue la luz. La inmediatez es absoluta. La palabra pronunciada y el objeto creado se confunden y quedan unidos, relacionados. Se encuentran. No en vano en hebreo "dabar" es la palabra y también la cosa nombrada. El universo creado a través de la palabra.

   El lenguaje es el instrumento con el que pensamos, conforma nuestra memoria y nuestros pensamientos. Con él nos expresamos, nos construimos hacia/para los otros. Las palabras nos condicionan, nos moldean. El idioma nos esculpe culturalmente y las palabras que utilizamos dibujan la visión que tenemos del universo y la que los demás tienen de quiénes somos. Es así cómo el relato del principio y el principio del relato se confunden y quedan unidos.

   Y a la luz la llamó "día" y a la oscuridad la llamó "noche" y quedaron separadas. Y el Eterno observa cada día que la luz es buena y por ello divide la luz de la oscuridad. De la negación, la afirmación. El No primigenio es negado e irrumpe el Sí. En la negación del silencio se escucha la palabra y en la negación de la oscuridad irradia de repente un haz de luz. Pero el día completo lo constituye en parte la luz (el "día") y en parte la oscuridad (la "noche") y parte de la luz del día (a la cual rige el sol) se refleja, se mira, durante la noche en el espejo de la luna para servir de guía en la oscuridad.

   En el relato de la Torá Dios crea estas dos grandes luminarias, sol y luna (Gén. 1:16). ¿Por qué dice "dos grandes luminarias" cuando el sol supera en tamaño a la luna? Porque al principio, cuenta la tradición oral, habían sido creadas iguales y después fue empequeñecida la luna pues protestó tras ser creada diciendo "¿por qué dos reyes para una sola corona?". Así, del resto de su luz, surgieron las estrellas para custodiarla como los guardias que acompañan a un preso. Se pone el sol y la luna y las estrellas, sus huestes, llenan el cielo de noche.

   Dicen nuestros sabios que cada ser humano equivale a un universo entero. Entonces dentro de cada uno también habitan el día y la noche, una luz y una oscuridad. Y la Torá (palabra que también está relacionada con "or", luz) representa un sol en el interior del corazón y de la mente, y la Torá se mira y se refleja su luz en las chispas atrapadas en la oscuridad que también albergamos como por la noche la luna y las estrellas. También en cada ser humano el día y la noche habitan, pero no hay noche ni vacío ni negación que no pueda ser superada. E incluso en la noche de nuestros días, la Torá se refleja en la luna y las estrellas que llevamos dentro, para que cuando fallamos o perdemos el rumbo podamos seguir esa luz, como un marinero en el océano oscuro, y regresar ("lashub") en "teshubá" completa, es decir, con arrepentimiento sincero.

   Cada día es el principio. Cada luz es la primera luz y cada noche la primera noche. Y el brillo del amanecer nos despierta cada mañana en este minúsculo planeta que sigue su rumbo en la inmensidad del universo, y le damos las gracias a la Fuente de toda la Creación porque cada mañana se nos revela y se nos presenta. Cada día de nuevo, como en el principio.

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